“Cámbiame”, dice mientras restriega un arrugado billete de veinte sobre la barra. La cajera del súper de enfrente levanta la vista de su cortado para apartarla al instante. Ella y el currito de la obra de la esquina que hojea sin demasiado interés el marca son los únicos clientes del bar a esta hora. Además de Paco, claro.  

Pero Paco es más parte del mobiliario que un cliente. Mientras espera el cambio, mira sin ver el insulso programa de sobremesa que ronronea a media voz en el televisor, aunque los ojos se le van una y otra vez medio metro más abajo de la pantalla, al festival de luces intermitentes de la tragaperras.

-Mira, parece que te está llamando- observa socarrón Julio desde el otro lado de la barra, a la vez que deposita las veinte monedas en un plato de plástico.

-Anda, ponme un vino- contesta Paco sin volverse.

Hay casi un aire solemne en la forma en que recoge el cambio, lo distribuye en ambos bolsillos de sus pantalones de tergal y recorre los pocos pasos que le separan de la máquina. Pensativo, se frota la barba de tres días, escrutando bombillas, rótulos, pantallas y botones como si los viera por primera vez, el primer euro ya bailando entre sus dedos, el viejo ritual de cortejo. Casi alcanza a dibujar una sonrisa mientras mete la moneda y pulsa el botón. La máquina emite un ulular de satisfacción y los rótulos giran a toda velocidad. Pera. Cereza. Cereza. Manzana. Otra moneda, otro ulular, cereza, dólar, cereza, sandía.

-Ésta está más fría que la madre que la parió- murmura mientras vuelve a la barra a recoger el chato de vino.

-Pues antes ha estado un tío dejándose una pasta. Yo creo que debe estar a puntito- replica Julio, que está sacando brillo con un paño a un vaso.

-¿”A puntito”?- imita sarcástico Paco después de dar un sorbo- Todos los días me dices lo mismo. Ya me conozco yo tus “a puntitos”…

Julio continúa secando con parsimonia el mismo vaso y, por toda respuesta, se encoge de hombros y resopla aburrido mientras Paco, armado de vaso a medio consumir y dieciocho monedas, vuelve a su puesto frente a su pareja fría y seductora. Sandía, dólar, cereza, pera, la cajera pide la cuenta, pera, pera, dólar, manzana, otra moneda,  cereza, plátano, sandía, dólar, entra el de las fotocopias de al lado a por el pacharán de media tarde, pera, cereza, manzana, cereza, aparecen los cuatro vejetes a echar el tute de las cinco, pera, pera, manzana, dólar- espera, espera, un avance, quédate quieto, para las dos peras, un avance: dólar- nada, mierda.

Quince monedas, el currito que se va, el del banco que pasa, ocho avances, una chica de apenas diecinueve  que entra a por tabaco y cuyos elásticos caminares de vuelta a la calle son un imán para los ojos de todo el bar, un par de devoluciones, una parejita que se sienta en una de las mesas de formica del rincón y dos chatos de vino más tarde, Paco le da un golpe la máquina y suelta un mecagoendiós. Después, coge una servilleta de papel de un servilletero de la barra y la coloca sobre la ranura de las monedas.

-Voy a mear- anuncia, hablando para todos y para nadie-. Que nadie eche, ¿eh?

Segundos más tarde, el arco amarillento de su orina yerra intencionadamente el blanco que ofrece la taza desprovista de tapa que, encerrada en un espacio de dos por uno y medio, constituye todo el equipamiento del servicio de caballeros del bar. Mientras se sube la cremallera no deja de mascullar para sí: “a puntito, no te jode, a puntito…”

Se dirige de nuevo a la barra y, luego de escarbar en los bolsillos, deposita un billete aún más mugriento y retorcido que el primero.

-Dame más cambio. Y ponme otro vino, coño, que todo hay que decírtelo.

Julio recoge el dinero y vuelve con las monedas, el vaso y cara de pocos amigos.

-A ver si te controlas, Paco.

-Los cojones, me voy a controlar.

Julio le mira negando con la cabeza, mientras Paco retoma su liturgia de vino, gruñido y calderilla. Por fin, replica:

-Desde luego, no hay quien te aguante. No me extraña que la mujer te dejase…

A Paco se le congela el gesto a mitad del trago y le observa a través del vidrio velado del vaso, con los ojos abiertos de par en par.

-A la Marta ni la mientes, ¿me oyes?- susurra, desafiante.

Julio le aguanta la mirada unos segundos y, al final, parece decidir que no vale la pena, porque espeta un “bah” y se vuelve hacia un cliente que acaba de entrar. Paco se dirige de nuevo a la máquina, furibundo. Cuando hace un bollo con la servilleta que había dejado protegiendo la ranura de las monedas y la tira al suelo, se siente observado. Gira la cabeza y ve que hay un cliente mirándolo. Es un chaval joven, con un botellín en la mano, que enseguida aparta la mirada. Una sonrisa fanfarrona surca su rostro mientras vuelve a centrar su atención en la máquina. Introduce la moneda mientras piensa: “Paco, les das miedo”.

Botón, ulular, sandía, sandía, dólar, manzana. “No es miedo, Paco, es asco”. Botón, ulular, “mierda”, dólar, “su voz, es su voz “, manzana, manzana, cereza.

Fue una de las últimas noches antes de que se fuera. Así se lo dijo (moneda, botón, cereza, cereza, sandía, sandía.): “no te tienen miedo, Paco (moneda, botón, dólar, cereza, plátano, dólar), te tienen asco”. Maldita zorra (moneda, botón, manzana, cereza, sandía, sandía), ¿por qué tenía que abrir la boca el cabrón de Julio? (moneda, botón, plátano, cereza, sandía, plátano) ¿por qué tenía que recordárs…? Dólar. Cereza. Cereza. Dólar.

Y por fin. Por fin ese soniquete ridículo pero reconfortante, una melodía de juguete barato y ahí llega: el repiqueteo de las monedas en el cajón, el estruendo del metal contra el metal rompiendo la monotonía del bar. Y todas las miradas puestas en Paco y él que recoge parte de las primeras ganancias, porque es el momento de que la maldita máquina empiece a vomitar monedas y vaya si lo sabe. Dos partidas más y el cajón de las monedas está a rebosar. Paco coge un montón con ambas manos y, con una sonrisa no exenta de revancha, anuncia:

-Hala, ve sacando billetes, Julito, que esto ha petado.

Durante los siguientes veinte minutos, la máquina, esquiva pareja de baile durante buena parte de la tarde, canta por fin todas sus ortopédicas canciones arrulladas por el parto continuo de chatarra y todo son sonrisas en el bar e incluso hay alguna palmada en la espalda para un Paco demasiado feliz para tomársela a mal.

Al final, cuando el estrépito ha cesado y la noche empieza a reclamarle la luz a la tarde, Paco recibe los billetes de manos de Julio.

-Bueno, parece que hoy estás de suerte, ¿eh?

Ahora es Paco el que se encoge de hombros mientras, con gesto ampuloso, guarda cuidadosamente los billetes en la cartera.

-Anda, hombre- insiste Julio, dándole coba y llenando un vaso de vino-. No te vayas enfurruñado, joder. Tómate la última. Invita la casa.

Paco duda unos instantes pero, al fin, se encarama a un taburete y coge el vaso, dando pequeños e indignados sorbos. Por fin, se vuelve a Julio y, con gesto serio, le dice:

-Ya sabes que no me gusta que me mienten a la Marta.

Julio se acerca a él y, asintiendo, extiende un brazo por encima de la barra para posar una mano sobre el hombro de Julio.

-Veinticinco años- casi solloza Paco-, veinticinco años casados para llegar a casa una noche y encontrártela vacía. ¿Tú lo entiendes?

Julio suelta suavemente el hombro y, cogiendo un paño, se escabulle disimuladamente hacia el otro extremo de la barra. Nunca un hombre sabe cómo reaccionar ante otro hombre llorando.

-Los cacharros sin fregar- murmura ensimismado Paco-, las luces encendidas… Hasta se había dejado la radio puesta. ¿En qué estaba pensando esa mujer?

Cae otro vaso y un vaso más en tanto que el desfile de parroquianos que vuelven a casa arrecia. Paco tantea el paquete de ducados en el bolsillo y coge la cartera que aún reposa sobre la barra. Sale a la puerta del bar y medita un buen rato mientras un cigarrillo se consume entre sus dedos amarillentos. Por fin, da una última calada antes de tirar la colilla y vuelve a entrar, directo a la barra. Saca de la cartera un billete nuevo, casi crujiente, y lo agita entre sus dedos mientras dice:

-Julio, cámbiame, anda.

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