Tani miraba el horizonte. Siempre le había gustado hacerlo; o, mejor dicho le había gustado hasta hace 2 años, cuando tenía dieciséis y el crepúsculo había sido una suave danza entre el sol y el atlántico, que se prolongaba con pereza y desinhibición, como si el disco amarillo fuese a quedarse ahí colgado para siempre. Pero ése había sido otro lugar, otro mundo, otra vida. Aquí, en el otoño gris de la periferia madrileña, el huevo anaranjado apenas parecía suspenderse unos segundos en el cielo para zambullirse con prisas entre las negras nubes, de la penumbra a la oscuridad en lo que dura un parpadeo.

Volvió la vista para no tener que contemplar otro anochecer en aquel descampado salpicado de manchas de aceite, colillas aplastadas y preservativos usados que a Tani siempre le habían recordado a las medusas muertas en la arena de la playa. Contra las luces de las farolas que alumbraban el cercano polígono industrial se recortaba la silueta de Karen; apoyada en cuclillas contra una señal de tráfico, inhalando a través de una funda de bolígrafo renegrida el humo que desprendía la base que recalentaba una y otra vez sobre el papel de plata que sostenía sobre la palma de las manos, sus ojos no eran más que dos rendijas enrojecidas abiertas a duras penas sobre su rostro de ébano. Nadie podría decir si efectivamente la estaba mirando cuando esbozó una sonrisa completamente desprovista de humor, mueca babeante de criatura irracional que dejaba ver dientes amarillentos y unas cuantas encías allí donde las piezas dentales habían decidido claudicar hace tiempo. Finalmente, guardó la manoseada porción de droga cuidadosamente en su bolso y no menos cuidadosamente se reincorporó, haciendo crujir cada articulación de su castigado cuerpo, tambaleándose penosamente en el proceso: Karen era una anciana de veinticinco años.

Tani hizo ademán de acercarse a su compañera de fatigas, pero algo la detuvo en el acto: su mirada se clavó en el brazo derecho de Karen, justo por debajo del hombro, donde una vieja cicatriz se retorcía como el fósil de una serpiente milenaria. No era ésta la única herida de guerra que circundaba su morena y ajada piel, curtida en mil batallas perdidas, pero ese rasguño en concreto le recordó uno más reciente. Tani se palpó instintivamente su propia mejilla para recorrer con la punta de los dedos el rastro de un arañazo que empezaba a cerrarse. Era una propina que le había dejado su último cliente justo cuando estaba terminando.

Ella se había dejado llevar como siempre, abriendo las piernas y recostándose, ofreciendo su cuerpo distraídamente mientras sobre ella otro cuerpo, jadeante y voluntarioso, se retorcía sudoroso en un afán fisiológico, casi mecánico. Había dejado viajar su mente, como tantas otras veces, lejos del compartimiento trasero de aquella vieja furgoneta, lejos de aquella ciudad fría y extraña, en busca de la playa de su pubertad que ahora sólo lograba alcanzar cuando dormía. Entonces, cuando sintió los últimos empujones vehementes que indican que el final está próximo, unos dedos fuertes e inexorables se cerraron en torno a su cara. Tani, devuelta a regañadientes a la realidad, había abierto los ojos, temerosa y, mientras el cliente eyaculaba, sus uñas sucias de grasa habían rasgado el fino cutis de la muchacha. Ella había empezado a gritar y a llorar y el cliente, ajeno a todo, se había abrochado los pantalones mientras la empujaba fuera del vehículo. El tipo había arrancado la furgoneta, abandonando el descampado sin mirar atrás. Tani se había quedado allí tirada, con el vestido subido hasta la cintura, llorando en silencio mientras trataba de limpiarse la sangre de la mejilla.

Tani volvió de sus recuerdos y se miró la mano: la herida ya no sangraba.

-¿Estás ya mejor?- preguntó Karen, con la voz algo perdida.

Tani se encogió de hombros por toda respuesta. Por unos segundos permanecieron en silencio. Luego, humedeciéndose los labios, como buscando las palabras, se puso a contemplar el ir y venir de los coches, ojos de animales rabiosos rasgando los últimos instantes del día.

-¿Por qué lo hacen?- murmuró, desconsolada.

-Porque pueden.

Tani dio un respingo y se volvió hacia Karen. Su pregunta había sido más bien un pensamiento en voz alta y hasta escuchar la rota voz de su compañera no había comprendido hasta qué punto no había esperado una respuesta.

-No buscan amor- ahora, en los ojos de Karen había, tras el velo de la droga y el cansancio, un brillo de lucidez-, ni siquiera sexo, aunque ni ellos lo sepan. El sexo es placer, mi vida, y ellos no buscan placer, sino desahogarse. Algunos te hablan, otros te insultan y otros te pegan…

-Pero… ¿Y Julio? ¿Acaso no le pagamos para que nos proteja?

Karen le dedicó la sonrisa más cansada y triste del mundo antes de contestar:

-No, mi amor, a ése le pagamos para que no nos pegue él también.

Tani se quedó callada, temblorosa. No se había sentido tan sola en la vida. Miró de nuevo a los coches pensando que todos los que iban dentro tenían una casa, un lugar al que volver y sentirse seguros, un hogar. Tuvo ganas de llorar.

-Anda, cariño- dijo Karen mientras le pasaba un brazo por el hombro-, descansa un rato. Yo me ocupo del siguiente, ¿quieres?

Tani asintió en silencio, mientras, con los brazos cruzados, se adentraba en el descampado. Sentada sobre una piedra, escupió el chicle que llevaba masticando media hora. Siempre un chicle por cliente, para intentar borrar de los labios el cáustico sabor del preservativo. ¿Y para borrar los arañazos? ¿Empezaría a fumar chinos, como Karen? ¿Cuándo comenzaría a tener su misma mirada? ¿Cuándo comenzaría a sonreír igual? ¿Cuándo…?

Miró de nuevo el horizonte. Ahora el sol se ahogaba entre las nubes, sus rayos los brazos del náufrago que, desesperado, pide auxilio en la inmensidad del mar. Pronto desaparecería hundiéndose en la oscuridad. Sintió ganas de llorar de nuevo y esta vez no hizo nada por reprimirlas.

Media hora más tarde, Karen había terminado con su cliente. Tironeando de su vestido elástico, irrumpió en el descampado. Ya era de noche y estaba desierto. Miró a su alrededor, extrañada, buscando con la mirada a su compañera. Pero Tani ya no estaba allí.

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