Empieza como un vómito, una arcada eléctrica que recorre el cuerpo desde la primera uña hasta el último eslabón de su espina dorsal. Es ese momento en el que el día y la noche se disputan el firmamento, es ese sitio en el que el bosque deja de serlo ante la cercanía de la ciudad, es ese estado en el que su cuerpo se debate entre el hombre y el lobo. Se retuerce con saña en el suelo del claro. El mismo claro al que huye cuando sabe que el momento está cerca.

Solo. Ésa es la única manera. Lejos de los suyos, de su familia. Sabe que cuando el astro cambia, él también. Sabe en qué se convierte, sabe lo que es contemplar a través de unos ojos extraños cómo su cuerpo, terriblemente transformado, mata, descuartiza y desuella por el simple placer de hacerlo.

La sangre hierve, las extremidades se arquean, la dentadura se desfigura en una mueca de espanto; una pátina cubre sus pupilas mientras retrocede y un aullido estremece el claro. Un orgasmo sin placer, un parto de muerte y dolor.

Un último espasmo recorre un cuerpo que ya no es el suyo y, por fin, la quietud. Alza los ojos al cielo lentamente para comprobar que el sol ha vuelto a ganar la partida. Se levanta sin prisas. A su alrededor, el bosque es una tumba. Al fin y al cabo, hace tiempo que sus habitantes aprendieron a temer al hombre.

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