“Encendí el último lucky mientras echaba un buen vistazo a mi nueva cliente. La luz de neón del cartel del bar de abajo jugaba con los intersicios de las persianas venecianas y con la penumbra del atardecer, decorando mi polvorienta oficina en un imposible y violento magenta. A ella no parecía importarle. De hecho, el tono le sentaba bien a la perspectiva de sus interminables piernas. Era una imponente rub”

El cursor del procesador de texto se quedó parpadeando, impaciente, entre la b y la nada y ahí se quedó durante un rato. Por fin, Daniel apuró un trago de la botella de vodka- no era el primero de la noche- y cambío el “rubia” a medio escribir por un “morena”. Luego, se arrepintió y cambió a pelirroja, pero también lo borró de inmediato. Al final, con lentitud metódica, escribió “zorra calva” mientras esbozaba una mueca sardónica.

Qué mas daba. Fuese como fuese el color de su pelo, tendría la lengua afilada y un cuerpo de escándalo. Por supuesto, acabaría acostándose con Vergara y traicionándole. Y, al final, el inefable detective terminaría desbrozando el embrollo en que la imponente rubia/morena/pelirroja le habría metido y se despediría del lector encendiendo el enésimo lucky apestoso en el enésimo atardecer en la misma oficina polvorienta. Se echó otro trago y borró las dos últimas palabras. El vodka aún bajaba por su esófago mientras, tras pensarlo mejor, seleccionaba todo el parrafo y apretaba el botón de suprimir. Otra vez la pantalla en blanco. Como al comienzo del día, como la semana anterior, como hacía ya casi un mes desde que, según el contrato con la editorial, debería de haber entregado el primer borrador de la sexta entrega de las aventuras de Vergara. Vergara.

El puto Vergara.

“No hizo falta abrir los ojos para saber que hoy llevaba las de perder. Mi cabeza, justo donde el gorila me había golpeado, palpitaba como el corazón de un hámster corriendo en la rueda de su jaula. Me habría gustado comprobar el tamaño del chichón, y lo habría hecho si no fuese por la soga que mantenía mis brazos firmemente atados a la silla en la que me encontraba sentado. Como hay cosas que hay que hacer aunque uno no quiera, concentré todas mis fuerzas, tomé aire como el culturista que va a levantar ciento veinte kilos en el press de banca, puse en tensíón todos los músculos de mi cuerpo y lo conseguí: había costado lo suyo, pero mis párpados estaban, por fin, abiertos.”

¿Por qué Vergara recibe siempre esas palizas brutales? Era una pregunta tan estúpida como retórica a la que había tenido que responder decenas de veces. Cualquier alumno del más cutre taller de escritura por correspondencia sabe que el interrogatorio patibulario, el labio partido y el ojo a la virulé son condiciones sine qua non para cualquier relato del género.

Pero era sólo una parte de la verdad. Lo que Daniel nunca admitía en esas entrevistas era que obtenía un placer casi físico al maltratar a su personaje. Que ya que era imposible librarse de él, al menos se reservaba el capricho de aporrearle el cráneo, molerle las costillas, quemarle la planta de los pies con brasas de cigarrillos o atravesarle el hombro de un balazo. Se lo merecía. Todas y cada una de las hostias que recibía estaban más que justificadas. Por protagonizar el mismo cliché una y mil veces, por convertirle a él, a su autor, en un mero comparsa, en el pie de página de las aventuras que protagonizaba. Era lo mismo que escribiera una historia de amor, un ensayo sobre literatura o una novela de trasfondo histórico. Impenitentes, inexorables, el público en las firmas de libros, los contertulios en las charlas a las que era invitado, su editor con tono untuoso, hasta sus amigos o las mujeres con las que se acostaba… Todos, todos le preguntaban que para cuándo otro caso del detective Vergara.

Al principio, no entendió cómo había podido alcanzar tanto éxito. Aquel personaje surgió casi como una farsa, un ejercicio de estilo, un guiño melancólico al pasado. Con su hablar cínico y descreído, su forma suicida de encadenar un cigarrillo tras otro y su código moral de caballero andante, aquel detective constituía un anacronismo con patas. Era un compendio tan descarado de lo más trillado del género que, una vez, cuando estaba trabajando en la cuarta novela del Vergara, le envió a su editor el primer capítulo íntegro de “El largo Adiós”, cambiando sólo detalles de época y nombres de personajes. Era una pequeña broma, una inofensiva revancha en forma de tomadura de pelo por todas las veces que andaba metiéndole prisa con el trabajo. Cuál fue la sorpresa de Daniel cuando aquella misma noche su editor le llamó completamente entusiasmado con el borrador recibido. “Lo único, Dani- había rematado el muy gilipollas-, lo veo un poco lento, ¿no?”. Entonces sí entendió. Lo entendió todo.

Borró el nuevo párrafó y echó otro trago largo, ávido y asqueroso. Le supo bien.

“Esta vez no era un encargo. No había cliente, no había contrato, no había un sobre color manila sospechosamente abultado esperándome en la cómoda de ningún viejo magnate acosado por el chantaje. Esta noche, y sin que sirva de precedente, era personal.

Dejé el coche en un callejón sin salida que parecía fuera un presagio. Era una noche sin luna y los globos de las farolas flotaban en la niebla como fuegos fatuos. Recorrí en silencio las calles desiertas de aquella urbanización de lujo, con casas igualitas, con buzones igualitos, con perros igualitos y con dueños tan igualitos que se creen completamente diferentes al vecino que duerme en el chalet de al lado. Me paré. No lo llevaba anotado pero sabía que ése era el número. Además, la luz del piso de arriba seguía encendida. Aplasté con el talón la colilla sobre la acera impoluta y eché a andar por el caminito de pizarra que conducía hasta la puerta.

Con la mano ya en el pomo, dudé unos segundos. No podía ser tan fácil. Contuve la respiración, giré la muñeca y la puerta se abrió. No saltó ninguna alarma, no ladró ningún perro ni surgió de las sombras ningún sicario de encantadora sonrisa encañonándome con una 9mm parabellum. Por no oírse no se oyeron ni las bisagras girando sobre sus goznes. Delante de mí, en la penumbra, un funcional vestíbulo decorado con pocos muebles pero caros, un par de escalones a la derecha de los cuáles se adivinaba un amplio salón fundido con la negrura y, al fondo, una escalera de obra con pasamanos de bronce que ascendía a la primera planta.

Penetré con sumo cuidado en el silencio de la casa. Mis zapatos casi flotaban mientras me aproximaba a las escaleras. Comencé a subir los escalones como quien pisa entre cristales. Conforme iba ascendiendo, la luz era más intensa. Olía a humo rancio y, si uno aguzaba el oido, alcanzaba a escuchar un leve golpeteo arrítmico pero incesante.

Tomé aire, eché mano de la sobaquera y extraje con mimo, sin prisas, mi vieja Star BKM. Su peso en mi diestra me aportó la calma que necesitaba para subir el tramo final. Cuando llegué al último escalón, pude ver que la escalera desembocaba en un ático abuhardillado y diáfano repleto de estanterías atestadas de libros y cachivaches sin orden ni concierto. En el último rincón de aquella leonera, sobre un amplio escritorio de madera de nogal, un cenicero rebosaba de colillas. Una de ellas aún estaba encendida, olvidada por su dueño. Junto al cenicero, un portátil derramaba la cegadora luz blanca de la pantalla del procesador de texto. Sobre el teclado, unos dedos afanosos machacaban una y otra vez las letras de plástico.

Me acerqué sin decir una palabra. El dueño de esos dedos, el hombre al que había venido a buscar, no volvió la cabeza. Ni siquiera cuando estuve junto a él sus ojos se movieron de la pantalla, como si aquello que estaba escribiendo fuese más importante que el hecho de que alguien le estuviese apuntando a la cabeza con una pistola automática. Había tanto que decir, tanto que hablar y tanto que explicar que ninguno de los dos dijimos nada.”

El disparo sonó como un trueno en toda la urbanización. Los perros ladraron, las luces se encendieron, las sirenas sonaron. Nunca más tuvo Vergara que resolver un crimen. Nunca volvió Daniel a escribir una de sus enrevesadas novelas. Una bala bastó para matar a los dos.

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