Angustias despierta en la penumbra. Es ese momento de desconcierto en el que el mundo es un borrón sin formas reconocibles: ese instante en el que no sabes dónde estás, qué hora es ni qué tienes hacer a continuación. La casilla de salida.

Los ojos de Angustias se acostumbran a la escasez de luz y nada de lo que ve le resulta familiar. Jamás ha visto esas paredes blancas ni esa mesilla de aglomerado atornillada a la pared ni esas pesadas cortinas de un color ocre plomizo. Se aferra indecisa al dobladillo de las sábanas y su tacto áspero, su olor aséptico, le confirman, por si quedaba alguna duda, que ésa no es su cama.

Intentando mantener la calma- mamá siempre le dice que no sea histérica, que ya es mayorcita- cierra los ojos con fuerza, como si tuviese entre los dedos un diente de león y se estuviese concentrando para pedir un deseo, justo antes de soplar y esparcir las semillas al viento.

Cuando está a punto de abrir los ojos, brota una imagen del fondo de su memoria: Violeta aferrando su muñeca de trapo bajo la luz de un candil, en unas tinieblas mucho más densas que las de la extraña habitación en la que se encuentra.

De repente, todo vuelve con tal nitidez que se llamaría tonta una y mil veces por no haberlo recordado antes: El olor a decenas de cuerpos apretados unos contra otros, la oscuridad del sótano, el susurro con el que mamá les tarareaba al oído una copla tras otra para tranquilizarlas a ella y a Violeta y cómo la voz de su madre sonaba extrañamente desamparada en el extraño silencio de la multitud.

A lo lejos se empezaron a oír los motores, acercándose, en un crescendo imparable. La “bienpagá” acabó por morir entre los labios de su madre a mitad de una estrofa. “¿Es papá que viene volando, mamá?”. Un sollozo anónimo rasgó la oscuridad del sótano. “No es papá. Son los fachas, idiota”, replicó Angustias en voz baja a su hermana.

Antes de que su madre tuviera oportunidad de regañarla, empezaron a caer las bombas. Esta vez caían cerca, demasiado. Las explosiones hacían retumbar las paredes y del techo manaba una fina lluvia de tierra. Cayó otro obús y todo el edificio se movió sobre sus cabezas, con un crujido intenso y casi gutural, como el alarido agónico de un coloso. En esos instantes, se acordó de Manolito, el del cole: decía que, cuando sonaba la sirena, él nunca iba a los refugios. “¿Y qué haces?” le había preguntado ella. “Me siento en la calle y miro los aviones volar muy bajito”.

Cuando se lo dijo, Manolito le pareció un chalao. “Fíjate tú, chico, qué ideas”. Pero sintiéndose aplastada por las piernas de los mayores, con el techo retumbando sobre sus cabezas y en la más absoluta de la oscuridad, pensó que Manolito estaría sentado en una acera, a la luz del día, mirando al cielo. Y lo envidió.

Angustias se queda sentada sobre el borde de la cama. Aún tiene los ojos cerrados pero ya no recuerda nada más. Tampoco le hace falta mucho: su madre siempre le dice que no ha criado ninguna tonta. La cama blanca, las paredes blancas, la mesilla desnuda: en cualquier momento, entrará una enfermera para decirle que su madre le está esperando.

Decide bajarse de la cama y, titubeante, se calza unas chinelas de tela que hay en el suelo. Siente el cuerpo entumecido, le cuesta moverse; seguramente, anoche, en el bombardeo se desprendió algún escombro. O, quizá, fue una avalancha de gente que la arrastró y golpeó. Cuando sienten miedo, las personas no se diferencian en mucho de los animales.

Con todo, es capaz de llegar hasta las cortinas y descorrerlas trabajosamente. Lo primero que piensa es que debe haber dormido más de la cuenta: El sol de mediodía se incrusta sin piedad en los rincones de la habitación y ciega sus ojos por unos instantes. Cuando su mirada se ajusta a la luz, descubre que está en un piso alto, por lo menos un sexto. Abajo hay un pequeño jardín con el césped recién segado y delimitado por un seto de arizónicas cortado con precisión. Mientras observa una bandada de gorriones rebuscando entre las briznas de hierba, a Angustias le parece increíble que exista un sitio así en medio de la guerra.

De repente, tras un casi imperceptible tamborileo de nudillos, en el otro extremo de la habitación se abre una puerta y, por el hueco entre el vano y el marco, asoma el rostro regordete y afable de una enfermera de mediana edad.

-Bueno, bueno, por fin despierta la bella durmiente- le dice sonriente para luego continuar con un tono más profesional-. ¿Cómo te encuentras, Angustias?

Angustias, que se siente bastante cansada, se apoya en el marco de la ventana y voltea la mano en un gesto universal. “Así asá”.

-¿Así asá sólo?- la enfermera arquea las cejas en fingido disgusto – Ah, pues habían venido dos personas a verte, pero si sólo estás “así asá”…

-¡¡No, no!! Que pasen que pasen- ataja Angustias, impaciente por ver a Violeta y a mamá.

La enfermera, que se ha mantenido durante toda la conversación en el quicio de la puerta, vuelve su cabeza al pasillo y murmura: “Pueden pasar, pero sólo un rato, ¿eh?”

A continuación, la enfermera desaparece de la puerta y ésta se abre de golpe, mientras una exhalación de cuatro años, lazo en el pelo y vestido de domingo atraviesa la habitación riendo alborozada. Angustias se agacha riendo a su vez para fundirse en un abrazo con su hermana mientras grita su nombre y la cubre de besos.

Aún en esta posición, sin soltar a Violeta, su mirada se dirige a la puerta, donde se sorprende al ver a un anciano de rostro sarmentoso, pulcramente vestido. La enfermera ha entrado con él y observan a Angustias con un mismo gesto a caballo entre la cordialidad y la cautela.

-¿Quién es usted?- pregunta al anciano, mientras estrecha instintivamente con más fuerza a Violeta- Es muy viejo para ser médico.

Al oír esto, el anciano no puede reprimir una sonrisa con un poso amargo:

-¿Médico yo?- replica divertido- Eres imposible, Angustias.

-¿Entonces quién es?- ahora el tono de Angustias es de total recelo- ¿Por qué sabe mi nombre? ¿Dónde está mi madre?

La media sonrisa del anciano se borra tan rápido que parece imposible que una vez estuviera allí. Titubea y mira hacia la enfermera, como un actor que haya olvidado el guión. La enfermera niega levemente con la cabeza.

-¿Qué pasa aquí?- murmura nerviosa Angustias, volviéndose a su hermana, estrechándole las rechonchas muñecas- ¿Dónde está mamá, Violeta?

La niña le mira extrañada, sin responder. Angustias repite la pregunta, con premura esta vez, estrechando su presa en la niña, que empieza a lloriquear, asustada.

-Suéltala, Angustias- le insta el anciano.

Angustias, haciendo caso omiso, coge con más fuerza a Violeta, cuyo llanto ya es incontrolado. Esta vez se dirige al anciano cuando grita, ya fuera de sí:

-¡¿Dónde está mi madre?!

El anciano duda unos instantes. Al final, acuciado por los berridos de Violeta, que está aterrada, termina por confesar, apesadumbrado:

-Tu madre está muerta.

Angustias le lanza una mirada en la que condensa todo el odio del que es capaz. “Mientes- querría gritarle-, mientes, maldito viejo”. Pero sabe que es verdad. Algo dentro de ella le dice que es verdad.

Es entonces cuando, por fin, afloja la presa y la niña corre lloriqueando a refugiarse tras el anciano, mientras Angustias cae desmadejada en el suelo como una marioneta con las cuerdas cortadas. La enfermera corre a auxiliarle. Mientras se agacha, le dirige una mirada al anciano señalándole la puerta. Éste asiente, coge de la mano a la pequeña y ambos se marchan, cerrando la puerta tras de sí.

Ya en el pasillo, el anciano saca un pañuelo de papel de su pechera mientras se agacha con visible esfuerzo. Con cariño, enjuga de lágrimas las mejillas de la niña, que, visiblemente, está más tranquila.

-Abuelo- pregunta mientras el pañuelo retira suavemente los mocos que han ido a reposar sobre sus labios- ¿Por qué la abuela me ha llamado Violeta?

Él para por unos instantes su labor y la mira con unos ojos que relucen bajo los infinitos pliegues que la edad ha ido añadiendo a lo largo de su vida. Unos ojos a los que, después de años de ver derrumbarse a la persona con la que ha compartido su vida, ya no les quedan lágrimas por brotar. Los mismos ojos que, ochenta años atrás, veían a los aviones volar muy bajo. Y, a su alrededor, todo se convertía en escombros.

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