El autobús vibra y traquetea y Yasser suda encorvado en la última fila de asientos. No es miedo ni nerviosismo; sólo se trata del calor producido por la aglomeración de los cuerpos dentro del transporte urbano. Él está tranquilo porque ya ha decidido, y el único motivo de su sudor es el maldito calor. Mientras el autobús se dirige a su destino, una y otra vez Yasser se dice a sí mismo que el sudor que mana a borbotones de su fibroso cuerpo no tiene nada que ver con el chaleco forrado de explosivo plástico que lleva bajo su ropa; Se repite una y otra vez que tampoco guarda ninguna relación con el detonador que puede accionar sólo con un leve movimiento de su mano metida en el bolsillo, ni con el infierno que se desatará cuando por fin lo haga. No, es sólo el calor. El maldito calor.

A Hakim le encantaba el fútbol. Su ídolo era Zidane, algo que a Yasser no le parecía mal, ya que, si el chico debía tener un ídolo, al menos éste llevaba sangre árabe en sus venas. Tenía atestado su cuarto con fotos del jugador y no había semana que no le preguntase a su padre que cuándo le iba a comprar una camiseta de Zizou. A sus 10 años, cuando Hakim no estaba en el colegio, no hacía otra cosa que no fuera darle patadas al balón. No era un colegio islámico, aunque bien sabe Alá que Yasser jamás hubiera dejado que su hijo llegara a renegar de sus orígenes. Hakim leía el Coran junto a su padre y éste le había enseñado el amor al Islam y a no avergonzarse de lo que era, lo que es mucho decir para un niño palestino criado en los arrabales de Jerusalén. Pero bien se cuidó de que Hakim fuera inoculado por la semilla del odio que se impartía en las escuelas coránicas, porque Yasser nunca había creído en la Intifada, ni en la Yihad. No es que no amara a su pueblo, pero no era tan iluso como para creer que la causa palestina tuviera alguna oportunidad. Siempre había pensado que judíos y musulmanes estaban condenados a entenderse. Por ello, en el barrio árabe todo el mundo hablaba mal de él e incluso algunos le llamaban, con sorna, “el judío”, aunque bien es cierto que nadie había osado nunca decírselo a la cara: ningún árabe, ni el fundamentalista más radical, se atrevería a repudiar a un hermano que hubiera perdido a un ser querido a manos del ejército israelí.

Zuleima, la madre de Hakim, había fallecido en Halzeema cuando éste tenía apenas unas semanas de edad. Halzeema era el pueblo de Yasser, una pequeña población de Gaza, en medio del desierto. Yasser, cuando cierra los ojos en el autobús, hipnotizado por el vaivén de las ruedas, aún recuerda el rostro de Zuleima justo antes de ir a por agua a la fuente de la plaza del pueblo. Así suceden las cosas en Gaza: tu mujer sale por la puerta de su casa, oyes el ruido de los helicópteros israelíes y una explosión. Cuando quieres abrir los ojos, una multitud lleva en volandas su féretro envuelto en una bandera palestina.

Yasser se levanta, es su parada. Se incorpora con naturalidad al río de humanidad que vomita el autobús en el centro urbano de Jerusalén. Es la zona más próspera de la metrópoli, una de las arterias principales en la que se concentran tiendas, bares, cafés y centros comerciales. La gente camina presurosa, ávida de llegar a su oficina, de llegar a su cita, de llegar a su casa…Pero, aún así, nota las miradas esquivas, el rechazo compulsivo, el miedo instintivo que despierta su presencia en cada viandante con el que se cruza, como tantas otras veces lo ha sentido cada vez que ha traspasado los límites del barrio árabe de la ciudad. Yasser, para exasperación de sus vecinos, no lleva turbante ni barba, ni siquiera bigote, pero su tez oscura y sus rasgos le identifican claramente a los ojos de los hijos de Sión como el enemigo, como el mal, como el oscuro depredador que se cierne sobre sus vidas y las de los suyos…

Yasser los comprende. Sabe perfectamente cómo se sienten. Empezó a entender el odio hace diez años sobre el cadáver caliente de Zuleima. Su corazón había conocido hasta entonces el amor, la envidia, la ira… Pero nunca había experimentado nada tan fuerte como el ansia de venganza que desde aquel día se apoderó de su alma. Sólo pensar en Hakim y lo que sería de él sin su padre le empujó a abandonar su Halzeema natal y dirigirse a Jerusalén. Dolió abandonar a sus padres y a sus amigos, pero no quería volver a ver aquella plaza ni aquella fuente; más bien no podía. Creyó que aquella quemazón, aquel ansia de matar, de devolver la sangre de Zuleima multiplicada por mil, se diluiría con el tiempo. Pero cada mañana de los diez años siguientes sintió el impulso homicida y cada una de esas mismas mañanas sólo el observar a Hakim durmiendo plácidamente en su cama le daba fuerzas para reprimirse. Entonces se sentaba esperando a que el sol terminara de salir y confiando en que el día siguiente trajese algo de paz a su alma.

Yasser dobla la esquina y se funde en la medida de lo posible, dentro de su otredad como no-judío, en el maremágnum de las cercanías del centro comercial hacia el que se han dirigido sus pasos de manera inexorable. Hay un soldado israelí apostado en la puerta pero eso no es noticia: en Jerusalén, la noticia es que no haya soldados. No cree que tenga problemas para poder pasar. Sólo tiene que esperar el momento en que el tipo esté mirando hacia otro lado; después de todo, es un centro comercial, no la residencia de Netanyahu. Conforme se ha ido acercando, Yasser se siente más tranquilo: el chaleco explosivo ya no es una pesada carga, sino parte de su indumentaria. Ya no suda tanto. No toda la culpa era del calor, al fin y al cabo. Mientras le adherían los explosivos con distintas capas de cinta aislante no ha parado de oír que esta noche Alá le colmará de placeres y que las huríes le harán conocer el paraíso. Pero Yasser sabe que si Alá es misericordioso, le concederá aquello que él realmente quiere: reunirse con sus seres queridos.

Hakim adoraba a sus abuelos. Por eso, todos los veranos Yasser, a regañadientes, dejaba que el chiquillo pasara unos días con ellos. El mismo día que le concedían las vacaciones, los padres de Zuleima viajaban a Jerusalén para llevarse a Hakim. A él no le gustaba que su hijo tuviera que soportar las degradantes revisiones que esperaban a todos los palestinos en la frontera pero no podía ocultar el orgullo que sentía por haber inculcado a su hijo el amor a la tierra donde nació. Pero nunca le acompañó en esos viajes. Yasser había jurado no volver a Halzeema. Sólo lejos de allí era soportable el dolor.

Dicen que es casi imposible que una bomba vuelva a caer en el lugar donde ha caído otra. Los que dicen eso no han estado nunca en Halzeema. Ese verano, dos días después de que Hakim llegara con los abuelos, los helicópteros volvieron. Y esta vez, no dejaron piedra sobre piedra. Ni supervivientes.

Yasser toma aire de manera subrepticia. Hace unas horas ha encomendado su alma a Alá, y sólo teme morir antes de conseguir su objetivo. Se acerca a la puerta, mezclado entre un grupo de amas de casa acomodadas con demasiado tiempo libre y adolescentes uniformados con ropas de marca. ¿Estaría sonriendo Hakim cuando llegaron los helicópteros? Yasser prefiere no pensarlo mientras avanza hacia la puerta pero sus axilas empiezan a chorrear nuevamente y tiene la sensación de que si el soldado le ve, su rostro será como un libro abierto para él. Le lanza una mirada furtiva y emite un suspiro de alivio mientras, en su bolsillo, la palma de su mano reconoce el frío contacto del detonador.

La puerta de doble hoja se abre cuando la célula fotoeléctrica detecta al grupo de adolescentes que se sumergen en la abigarrada confusión del centro comercial. Del interior llega una vaharada de frescor artificial y el murmullo del hilo musical. No mira a las caras, no quiere ver los rostros de los que van a morir, prefiere percibirlos como un ente, simples piezas de la siniestra maquinaria que ha robado la patria a su pueblo y a él su familia. Pero, de repente, un destello entre la amalgama de humanidad centra su atención: a la altura de las rodillas de los adultos, un pedazo de tela blanca con un cinco impreso parece flotar ante sus ojos.

Un segundo vistazo confirma a Yasser que lo que está viendo es la espalda de un niño pequeño vestido con una camiseta de fútbol. No puede evitar que se le empañen los ojos al leer “Zidane”  encima del dorsal. Como si fuera una aparición, sin que llegue a ver siquiera su rostro, el niño vuelve a perderse entre la muchedumbre y Yasser de repente cobra conciencia de que se encuentra aún en el umbral de la puerta, todavía abiertas de par en par sus hojas de cristal. Instintivamente, vuelve la cabeza hacia el soldado.

Todo transcurre en unos segundos: la mirada de Yasser y el israelita se cruzan. Parece una eternidad, un fragmento de irrealidad congelado en el tiempo: un soldado con su subfusil cruzado en el pecho mirando a un árabe que lleva una chaqueta demasiado gruesa para esta época del año. Además, está sudando a mares y se encuentra parado en la misma puerta de un centro comercial. Alrededor de ambos, lo cotidiano de cualquier rincón de cualquier gran ciudad se sucede de manera completamente ajena a ambos.

Yasser tantea en su bolsillo el detonador y se relame los labios resecos. Mira hacia el soldado, mira hacia el interior del centro comercial. ¿Ha visto a ese niño realmente? ¿Sigue ahí dentro en algún lugar?

En un mismo movimiento, Yasser saca la mano del bolsillo, da media vuelta y echa a correr calle abajo, deshaciendo el camino que le ha llevado hasta las puertas del centro comercial. Detrás, los gritos del militar suenan amortiguados, irreales, como en sordina. Sigue corriendo cuando escucha los primeros disparos, sigue corriendo cuando la gente aterrada se aparta de su lado entre gritos de espanto, sigue corriendo incluso cuando una bala alcanza su cráneo y atraviesa su frente. Pero sólo son dos pasos: uno, dos y al suelo.

Tumbado de bruces, dando gracias a Alá porque el disparo no ha alcanzado el chaleco, Yasser ya no ve a la gente huyendo despavorida ni oye el bramido de las sirenas acercándose. Lo que ve con los ojos cerrados es a Hakim jugando en la plaza de Halzeema. Por fin le ha comprado la camiseta de su ídolo. No es la original pero a él le da igual: el crío patea alegremente un balón hecho de trapos. Entonces, al oírse el rugido de los helicópteros en el cielo, no se lo piensa dos veces: coge a su hijo en brazos y sale corriendo como alma que lleva el diable. A sus espaldas, una bomba estalla y destroza el pueblo. Pero Yasser ha reaccionado a tiempo y Hakim tiembla entre sus brazos, sano y salvo.

Yasser muere con una sonrisa en los labios.

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