Yo daba placer. En incontables ocasiones ofrecí mi cuerpo con generosidad y- lo digo sin rubor- muchos fueron los que recorrieron con deleite hasta el último recoveco de mi ser, sin importar sexo, edad o aspecto.

Yo daba placer. Podéis reíros al verme ahora viejo y quebradizo pero puedo juraros que recuerdo cada mano que acarició mi piel. Porque os aseguro que cada arruga, cada mácula que reposa sobre mí me la gané en batallas libradas sobre camas, sofás, mesas e incluso cuartos de baño.

Yo daba placer. Puede pareceros una broma de mal gusto al verme aquí arriba, hacinado junto a otros ancianos a los que ya nadie viene a visitar. Deforme, enjuto y gastado, veo desde mi retiro a los jóvenes de rostro reluciente y, aunque no pueda competir con ellos, sigo anhelando que unas manos firmes me cojan y alguien, por fin, vuelva a leerme.

Y así, una última vez, dar placer.

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