La letanía de los villancicos impregna el aire hasta hacerlo insoportable. Ahora que ha llegado la navidad, constituyen la banda sonora del rito consumista de los viernes por la tarde, oficiado con precisión prusiana por las hordas de fieles que atestan el templo. Los carros tiran de sus dueños, uncidos a la barra con la cabeza baja, sumidos en la contemplación de sus pies arrastrándose por el terrazo, lineal tras lineal, surco tras surco. Se paran, se embotellan, se cuelan y hasta chocan, mascullando entre dientes, cargados con su preciosa mercancía, con prisas por terminar, pagar y, por fin, llegar al parking para pararse, embotellarse, colarse, chocar y mascullar entre dientes, cargados con su preciosa mercancía.

Marta ha dejado su propio cargamento de víveres aparcado junto a la isleta de los turrones, a merced de los elementos. A eso de las seis, como todos los viernes por la tarde, Rober ha salido de su abulia, ha levantado la cabeza y, con el tono de un hombre que toma una decisión trascendental en su vida, ha espetado: “voy a por las cervezas” y se ha zambullido en el pasillo de congelados. Para atajar, eso dice. Invariablemente aparecerá con un pack de 6 latas de mahou clásica bajo el brazo y en la cara reflejada la satisfacción del deber cumplido. Espera, no: mañana echan el partido en la tele. Serán dos packs. Viernes por la tarde. Empieza el finde. Hora de maquillarse, de estrenar la nueva minifalda, de llamar a Vero para quedar, de comentar los modelitos en el rellano antes de salir del portal, ¿no se me ve mucho, no tía? No hace tanto de aquello ¿verdad? No, sólo unos mil años.

La sección de perfumería está algo más tranquila, lo que quiere decir que hay menos carros para esquivar pero que los villancicos se oyen con más fuerza. La puta madre que parió al tamborilero. Marta localiza la sección de tintes y se agacha automáticamente a por su producto. Sólo cuando va a levantarse, descubre que se ha equivocado o que han vuelto a cambiarlos de sitio. Lo que tiene en la mano es un tono claro, muy claro, completamente diferente al rubio ceniza que usa ahora. De hecho, fíjate tú por dónde, es exactamente el mismo tono oxigenado que llevaba cuando no era más que una cría. El consabido rubio putón. “Adónde voy con esto”, murmura, con una mueca entre amarga y burlona.

De repente, esa sensación. Lleva un rato en cuclillas y, mientras se incorpora, vuelve la cabeza con rapidez para cazar al vuelo un par de ojos que huyen de su rabadilla como alma que lleva el diablo. Se tira con un gesto automático de la cinturilla de los pantalones- jodida moda del talle bajo- e intenta acordarse sin éxito de qué tanga se ha puesto esta mañana. Le ha prestado la misma atención que el propio Rober mientras se vestía a su vez. Claro, que la cosa quedaría en empate técnico, porque vete tú a saber qué calzoncillos se ha puesto él. El caso es que el único que sabe el color de la ropa interior de Marta es un adolescente con un rostro teñido de grana que intenta hacerse el sueco simulando estar muy interesado en el estante de productos que tiene al lado. Para más inri, es el lineal de condones y lubricantes sexuales. Anda, que el chaval lo está arreglando.

Marta, mientras sigue buscando su color de tinte, no puede evitar pensar en que, a lo mejor, esta noche el chico (que ha huido con presteza en cuanto ha visto la ocasión) se masturbará pensando en ella. Una a la salud de la madurita del carrefour. ¿Por qué no? Aún no está tan mal.

Bueno, madurita no. Ahora se llaman milfs. Lo descubrió por casualidad una tarde en casa. Seguramente, a Rober, que había sido el último en usarlo, el ordenador se le habría colgado, digamos que en mal momento. El caso es que, al abrir el navegador y restaurar sesión, en lugar de la anodina pantalla de google, a Marta el monitor se le inundó de tetas, culos y pollas. Más sorprendida que escandalizada, pasó un buen rato navegando entre aquel mar de carne digitalizada, lleno de mujeres disfrazadas de jovencita haciendo de putas, de jovencitas disfrazadas de mujer haciendo de putas y de putas disfrazadas de putas haciendo de putas. Sintió curiosidad por saber cuál de aquellas escenas más o menos predecibles habrían despertado el deseo de Rober. Cuál de aquellos cuerpos le habría excitado hasta el punto de tener que bajarse la bragueta y empezar a acariciarse.

De una cosa sí está segura: el suyo, desde luego que no. Hace tiempo que el sexo con Rober ha pasado a convertirse en rutina casi forzosa. Aunque el sexo, por mucho que diga el cosmopolitan, no es tan importante. El silencio. Ese instante en que, tras volver de la compra y guardar las cosas en la cocina, se evitan mutuamente la mirada. Ese correr a encender el mando para enterrar la ausencia de palabras bajo una buena paletada de telebasura. El devanarse la cabeza al ritmo de los labios hinchados de la Esteban buscando decir cualquier tonteria para negar la evidencia de que no se tienen nada que decir o de que sí lo tienen, pero se lo callan. Ese debatirse sordo y mudo. ¿Dónde está ese puto tinte?

Marta ya está en la cabecera de la sección de perfumería, al lado de la línea de cajas, donde decenas de parejas que bien podrían ser clones de ella misma y Rober aguardan su turno en apretadas filas mirando al frente con rostro bovino, bufando algún reproche cuando la cajera tiene que consultar el precio de un artículo, aferrados a su carro como náufragos a un madero que se pudre y se hunde sin remisión. Es navidad. Pero mira cómo beben. Beben y beben y vuelven a beber.

Echa un vistazo a su reloj. El tiempo. ¿Es el tiempo el verdadero culpable? ¿De verdad se querían tanto cuando se conocieron con veintitantos? Nos gustan las mismas cosas. Las mismas cosas. Salir de copas, ir al cine, cenar en el vips cuando el presupuesto lo permite. Follar como conejos. Las mismas cosas. Jojojo. ¿Cuánto de amor y cuánto de costumbre? ¿Cuánto de alma gemela y cuánto de casualidad? ¿Cuánto de querer vivir con él y cuánto de miedo a quedarse sola?

Está justo frente al letrero de “salida sin compra”. No sabe cómo ha llegado hasta allí. Ha sido un paso tras otro, aparentemente inconexos. Nuestro primer mes, cómo pasa el tiempo. Podríamos irnos juntos un fin de semana por ahí. Tienes que conocer a mis amigos. Quién es ese chico que te llama tanto. Tienes que venir a la boda de mi primo. Éste era mi cuarto de pequeña. Podríamos probar a vivir juntos. Abrir una cuenta para los dos. ¿Y si miramos pisos? Ahí, bajo la línea de puntos. ¿Y vosotros para cuándo? Da un paso más, hace un calor insoportable. La virgen se está peinando. Entre cortina y cortina, claro.

Muchas veces se ha imaginado dejando a Rober y, cada vez que lo ha hecho, le ha parecido más difícil. Tantas razones, tantas ataduras, tantas listas de pros y contras en las que la lógica se acaba imponiendo. Querido cosmopolitan: me cago en tus listas. ¿Y si fuera tan fácil como irse sin más? Cobarde, infantil, cruel. No, ni hablar. Después de tantos años…

Como en un sueño protagonizado por otra persona, Marta echa a andar y pasa junto al guarda de seguridad con la vista fija más allá de las puertas de cristal, sin pensar en nada que no sea el cartel que reza “salida”. Entonces, de repente, una alarma rompe en dos el enésimo villancico y ella se queda rígida, atenazada por un temor infantil.

-Señora, eh señora- es el guarda pero no es a ella. No hay alarmas para detectar mujeres que abandonan a sus parejas en el supermercado. Se sacude la parálisis y vuelve a caminar, ya con paso más firme aunque con la mente en blanco.

-Señora- una mano la agarra con suavidad pero firmemente por el codo. Al final, resulta que sí era a ella, después de todo. Se para y se da la vuelta. El guarda le recrimina, algo incrédulo- No puede marcharse sin pagar.

Marta se encoge de hombros, sin entender. El guarda, que aún la tiene agarrada por el codo, como única respuesta, señala con el dedo a su mano derecha. Ella mira donde le indica y descubre con estupor que durante todo este tiempo no ha soltado el bote de tinte, el rubioputa. Quiere decirle que se quede el bote, que a fin de cuentas no es su color pero es entonces cuando oye gritar su nombre. Cuando Marta ve a Rober acercarse por el pasillo corriendo como un osezno torpe y desmañado, un pack de Mahou aún colgando de su diestra, no puede evitarlo y rompe a llorar como una energúmena. El guarda la suelta, indeciso entre intentar hablar con ella o consolarla pero, antes de que se decida, Rober ya ha llegado a su altura y estrecha a Marta entre sus brazos.

-¿Estás bien, nena?- le susurrra mientras estampa un suave beso en su frente.

-Oiga- balbucea el guardia-, es que la señora se iba sin pagar y…

-No se preocupe, es que está algo despistada últimamente- responde Rober sin mirarle. Ahora frota con vigor la espalda de Marta, un gesto que ella siempre ha detestado aunque nunca se lo ha dicho. Como tantas otras cosas. Por eso, Rober interpreta el respingo que da como un gesto involuntario de placer. Más tranquilo, sin soltarla, se vuelve hacia el guarda para añadir con una sonrisa confidencial-. Es que es su primer embarazo, ¿sabe?

Él la abraza con más fuerza. Ella vuelve a estremecerse. Él vuelve a pensar que es un buen síntoma. Afuera, la noche ya ha caído. Noche de paz. Noche de amor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s