Antes siquiera de salir de la caja, supo que algo andaba mal. Lo primero que vio al rasgarse el papel fue la cara de Sergio y lo que reflejaba no era precisamente felicidad ni ilusión.  Mientras esperaba su turno en la mesa, trató de darse ánimos. Ya sabes, los niños están nerviosos en su cumpleaños, abren un regalo tras otro sin prestarle ni siquiera atención, al principio no se fijan en nada…

Mentiras piadosas. Nanas que se cantaba a sí mismo dentro de su caja intacta para evitar la desazón.  Lo cierto es que había visto por primera vez los ojos de aquél que iba a ser su dueño. Y lo único que reflejaban, a fuer de ser sinceros, era decepción.

Sus sospechas fueron confirmadas cuando  por fin alguien se dignó a extraerle de su cápsula de plástico transparente.  Fue la madre de Sergio quien le liberó de los alambres que le fijaban al colorido cartón impreso con un fondo de estrellas sobre el que una estilizada tipografía rezaba con grandilocuencia “Laser Wars” (“contiene un Zack Solo, con subfusil y sable de ataque” podía leerse en letras más pequeñas). Zarandeado de repente entre el sudor de las gordezuelas manos se sintió como una golosina que el tendero exhibe a su público.

-Sergio, ¿por qué no juegas con el muñeco que te ha traído tu tío?

El interpelado apartó por un momento la atención de un flamante click de famóbil medieval  para volverse a su madre.

-Es que no me gusta.

-¿Cómo que no? Pero si es de la guerra de las galaxias ésa que te gusta tanto.

-No, mamá- replicó Sergio con desdén antes de volver a dedicar su atención a los reumáticos movimientos del click-, es solo una copia barata.

Esas simples palabras  le supusieron un trauma de por vida. No podía ser.  Él era el intrépido Zack Solo, aventurero espacial, experto piloto y contrabandista ocasional. Uno de los más renombrados Laser Warriors. Hasta tenía un fiel compañero mitad perro mitad humano, que se vendía de forma separada ¿Cómo podían acusarle a él de ser una copia barata?

Más adelante, Kong se lo explicaría todo.  Al principio, Zack no quería creérselo pero, al conocer la historia de aquellos personajes que custodiaban la mesilla de noche de su dueño- Zack, Kong y toda la clase baja eran hacinados día tras día en el mismo gran arcón de plástico hasta que Sergio se acordaba de ellos- y, sobre todo, al comprobar que su sofisticado traje espacial guardaba sospechosas similitudes con el uniforme de un stormtrooper imperial, tuvo que reconocer la evidencia.

Además, no existía prueba más consistente de que los Laser Warriors eran un fraude como la indiferencia que seguía mostrando Sergio hacia Zack. Las únicas veces que participaba en los juegos era representando un villano menor o en una de esas melés de todos contra todos que, consistían básicamente, en que Sergio volcaba el arcón sobre el suelo y enfrentaba al azar a unos contra otros sin más argumento que rugidos, onomatopeyas e interjecciones sin demasiado sentido.

Kong le explicó cómo funcionaba aquello. Por un lado, estaban los Star Wars, los Master del Universo y un par de Geypermans que constituían la aristocracia de aquella habitación. Por supuesto, Zack, a pesar de ser una especie bastarda de uno de los nobles, no tenía contacto con ellos. Luego estaban todos los demás del arcón: Imitaciones como el propio Zack, supermanes o spidermans no articulados y de autenticidad cuanto menos sospechosa, vaqueros, indios, soldados y caballos en un revoltijo confuso, peonzas y yoyós durmiendo el sueño de los justos en el fondo más insondable… Y aparte de todos, los clicks, claro, que con su fría apariencia y su sempiterna e inquietante sonrisa solo se comunicaban entre sí en un lenguaje tan tosco y antinatural como sus movimientos.

Dentro del arcón, Kong tenía cierto renombre. Era un gorila de plástico duro, no articulado, pero de unas dimensiones superiores a la mayoría de sus semejantes. Esto, unido a su fiero aspecto, le convertía en uno de los villanos predilectos de los juegos de Sergio. Tan pronto era un habitante de Hoth que intentaba merendarse a Luke Skywalker como un esbirro de Skeletor dispuesto a enfrentarse a muerte con el propio He-Man, por no hablar de cuando era un gorila propiamente dicho que acechaba en las profundidades de la selva al geyperman explorador o el mismísimo King Kong arrasando el campamento de los clicks. Con todo, Kong siempre tenía palabras de apoyo para algunos de los compañeros menos afortunados como el propio Zack. Kong era un buen tipo.

Pero el tiempo fue pasando y los juegos eran cada vez más espaciados en el tiempo. Llegó un momento en que aquellas interminables tardes de imaginación desparramada sobre la moqueta del cuarto de Sergio no fueron más que un recuerdo lejano. Con los años, incluso las aterciopeladas barbas de los geyperman o los hiperdesarrollados tríceps y bíceps de los Masters del Universo terminaron apilándose en el arcón junto a Zack, Kong y el resto de la plebe. Solo algunas de las figuras de Star Wars permanecieron en los estantes del cuarto, aunque más como elemento decorativo que otra cosa. Un Spectrum de teclas de goma, un flamante reproductor de cassetes de doble pletina y unas revistas escondidas en un cajón que exhibían en su portada mujeres con bastantes más curvas y mucha menos ropa que la Princesa Leia habían terminado por relegar al olvido a todos los demás juguetes.

Hasta que, de repente, un buen día, algo sucedió. Era una tarde en la que el sol de invierno daba ligeros lametazos a los visillos iluminando el tedio de aquella habitación vacía de vida. La puerta se abrió. Todos los juguetes miraron aterrados. Era la madre de Sergio en la que podía ser una de sus furtivas misiones de limpieza que consistían, básicamente, en deshacerse de aquello que su hijo, por nostalgia, olvido o pereza, no tiraba. Y nunca sabías cuándo podía tocarte, más si eras un viejo muñeco sin pedigrí al que su dueño nuca echaría en falta. Pero esta vez era diferente: hoy  no iba sola. Un niño pequeño agarraba su mano y observaba con muda curiosidad su entorno con pasos inseguros.

-Mira, Alberto- murmuró la madre de Sergio-. La habitación del tío Sergio. ¿Has visto cuántos juguetes?

Alberto los había visto, vaya si los había visto. Observaba con fruición aquel heterogéneo ejército de veteranos de cientos de batallas imaginarias sin decidirse aún. La madre de Sergio decidió por él cogiendo una figura del estante más cercano. Pero antes de que pudiera dárselo a Alberto, la voz de Sergio atronó desde el marco de la puerta. Era ya un tono de hombre, ni rastro de esa cálida voz infantil que tantas veces narró para sí mismo tantas aventuras entre esas cuatro paredes.

-¿Qué haces, mamá?

-Pues nada, hijo. Le iba a dar unos muñecos  a tu sobrino…

-¡¡¿Los Star Wars?!!-  replicó Sergio observando alarmado el Chewacca de plástico que tenía su madre en la mano- Ni hablar, que me los jode.

Y, acto seguido, le arrebató el estupefacto wookie para volver a depositarlo en el anaquel donde estaba.

-Hijo mío, ¿no le vas a dejar al niño nada para que juegue?

Sergio miró a Alberto que, a su vez, observaba la escena cariacontecido. Tras dudar un momento, se dirigió al arcón levantó la tapa y, ya sin miramientos, desparramó su contenido sobre el parqué- que ya no moqueta- de la estancia.

-Si quiere jugar, que juegue con éstos.

Alberto se quedó paralizado por unos instantes ante semejante cornucopia para, al fin, lanzarse con decisión a por el montón de juguetes. Casi por azar, eligió un muñeco y lo cogió entre sus manos. Alberto no había visto ninguna peli de Star Wars ni sabía distinguir entre lo que es un copyright de lo que no lo es. Solo sabía que aquel  juguete le gustaba. Sonrió.  Al fin y al cabo, la felicidad es algo tan simple como la sonrisa de un niño. Y ese pedazo de plástico le hacía feliz, muy feliz. Pero ni la mitad de feliz de lo que esa sonrisa le hizo sentir a ese pedazo de plástico. Ese pedazo de plástico llamado Zack.

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