El transistor suena, como siempre, olvidado en la repisa de la ventana. Al principio, absorta en sacar la costra de grasa de la sartén, ni me doy cuenta. Pero enseguida identifico los acordes.

Mi mano deja el estropajo y, mientras se empapa de agua jabonosa de la pila, ya no me cabe la menor duda: es nuestra canción. A ti no te gustaba, me decías que eso de tener canciones eran cosas de críos. Pero es que éramos unos críos, cariño: tú, yo, los dos.

 Mientras tarareo un estribillo que más suena como el lamento de una loca, cierro los ojos y me dejo llevar a 1987, a esa discoteca de barrio con olor pertinaz a humo rancio y desinfectante. Me sacaste a bailar una lenta- el otro día le pregunté a la niña si seguían poniendo lentas en la discoteca y me miró con cara de haberle pegado un mordisco a un limón- y allí, en medio de la pista, me diste el primer beso al compás de aquella (nuestra) canción. Durante el solo instrumental, mis pies enfundados en las gastadas zapatillas de felpa se arrastran por el linóleo de la cocina en un patético remedo de aquel baile durante el cuál una cría se enamoró como todos nos enamoramos: como una tonta.

Recuerdo el calambre que recorrió mi cuerpo en ese primer beso, el calor que irradiaba el tuyo la primera vez que hicimos el amor tres meses después y, sólo uno más tarde, la absoluta estupefacción que me produjo tu primera bofetada. La canción enfila las últimas estrofas y me quedo muy quieta, mis ojos fijos en el estropajo que yace hinchado en el fondo de la pila como el cadáver de un ahogado que espera infructuosamente ser rescatado.

Sí, aquella vez la dejé pasar por ti, porque te quería. Además, no me volviste a tocar hasta después de casados, cuando me diste la primera paliza en serio. Entonces, aguanté por mi madre, por no dar un disgusto a mi familia, por el qué dirán… Y porque, además, te seguía queriendo, cariño. Me hacía trampas al solitario como supongo que nos las hacemos todas diciéndome que era una mala racha, que ya cambiarías.

Las siguientes, ni qué decir tiene, las aguanté por la niña. Y la costumbre, claro: la puta costumbre. Que a todo se acostumbra una, como decía mi abuela.

Hoy la niña no está y me pregunto por primera vez porqué sigo aguantando.

 Levanto la mirada del fregadero y me dirijo al pasillo casi sin pensar en lo que hago.  Abro la puerta como en un sueño. Sólo cuando la cierro detrás mío me doy cuenta de que he salido a la calle en bata y que no llevo dinero ni documentación ni llaves. Ahí dentro sigue la luz encendida, una pila de cacharros a medio fregar y unos garbanzos en remojo que ya nunca acabarán en la olla. Si pego la oreja a la puerta, aún podría escuchar la sintonía de los 40 Classic brotando del transistor.

 No me atrevo a accionar el interruptor del pasillo del portal. Siento que, si enciendo la luz, empezaría a pensar en lo que estoy haciendo. Y que, a lo mejor, dejaría de hacerlo. Primero un escalón. Después el siguiente. El tercero ya parece un poco más sencillo de bajar. Si es que ya lo decía mi abuela: a todo se acostumbra una.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s