Las dos vallas corren paralelas dejando una estrecha franja entre ambas. No hay mejor imagen que defina la expresión tierra de nadie como esta extensión de terreno salpicada por las más variopintas ofrendas que los que la cruzan con premura olvidan en su carrera: un pañuelo sucio de sangre y polvo, monedas – de diversos países pero siempre de escaso valor- recubiertas de óxido, botellas, latas, envoltorios, una manoseada fotografía de una muchacha de piel oscura que dedica una sonrisa cansada a la cámara, una retorcida alpargata cuyo dueño tuvo que empezar su nueva vida a la pata coja…

La sombría mirada de Pedro recorre todo esto y luego continúa para detenerse en los festoneados restos de una camiseta hecha jirones que ondea enganchada en el alambre como la bandera del más miserable de los países. El sol ya cae mientras que se oye el traqueteo de un jeep taladrando con su motor el silencio de la frontera. El relevo. Por fin el puto relevo.

EL vehículo se acerca removiendo el polvo de la carretera que circunda la valla de este lado. El lado de la prosperidad, el agua corriente y los perros atados con longanizas. Pedro extrae un manoseado paquete de uno de los bolsillos de su guerrera mientras su mirada se dirige a una cercana extensión de matorrales que luchan por no agostarse bajo la calima. No ha dado más de dos caladas al ducados cuando siente una palmada en su espalda y una voz socarrona le espeta:

-¿Qué? ¿Te quedas?

Se da la vuelta para encontrarse con Rubén. Este tío es la hostia: seis horas por delante en las que estará más solo que la una, de pie, mirando a una valla y, aun así, no hay quien le borre la sonrisa de la cara. Por toda respuesta, Pedro exhala el humo de sus pulmones y sus ojos quedan nuevamente fijos en las plantas del desierto.

-He oído que esta mañana ha habido movida… – murmura Rubén, adoptando un tono más profesional. Pedro deja pasar unos segundos y otra calada antes de contestar, medio refunfuñando:

-Hará un par de horas… Aquí mismo- señala al suelo que ambos pisan.

-¿Era un grupo?- aventura Rubén.

-No- responde Pedro, acompañando su negación con un movimiento de cabeza-. Un tío solo. Más negro que el tizón. Con una camiseta del París Saint-Germain. El puto Mbapée, tronco…

Rubén asiente pensativo, con el gesto de alguien que ha escuchado la misma historia un millón de veces.

-¿Te pilló cerca?

-A unos doscientos metros. Cuando le vi aún estaba enganchado a la alambrada. Cuando bajó, le di el alto pero, claro…- dice Pedro encogiéndose de hombros.

-Ya. ¿Disparaste?

-Ni de coña. Para la mierda que nos pagan, cualquiera se mete en líos.

-Hiciste bien- murmura Rubén enganchando los pulgares en la trabilla del pantalón. Bajando la cabeza, añade aún más bajo:- Además, esto es ponerle puertas al campo.

Pedro bufa un asentimiento mientras despide una nube de humo por la nariz y posando a su vez su mirada en el suelo en un gesto que, por unos segundos, les hermana. Dos hombres de uniforme, sumidos en sus propios pensamientos, en el medio de la nada, sin fe en lo que hacen ni alternativas para dejar de hacerlo.

De repente, la bocina del jeep los saca del ensimismamiento y Pedro, tras una breve despedida, se dirige al vehículo. La maldición que le dirige al conductor mientras se sube en el asiento del acompañante es casi protocolaria, pues su mente está en otra parte. Realmente, está en el mismo lugar desde hace dos horas: fija en la extensión de matorrales. Mientras el todoterreno recorre el tortuoso sendero hasta el cuartel, mientras riega con botellines de San Miguel su garganta en la desangelada cantina y aun mientras se masturba silenciosamente en la litera más por aburrimiento que por ganas, no puede evitar pensar en la sensación de ser vigilado, en la casi certeza de que en algún lugar entre esa masa de raquítica pero compacta vegetación había un par de ojos que no le quitaban- jaja, menuda ironía- ojo.

“Chorradas- se dice mientras limpia con una servilleta de papel mangada de la cantina su pubis pringoso de semen y se da la vuelta sobre el andrajoso colchón-. Ese tío hace horas que está vagando por los suburbios de Ceuta y comenzando a comprobar que lo de la tierra prometida es un puto timo.”

Pero cuando, por fin, consigue un par de horas de sueño, no puede evitar pesadillas en las que una figura oscura como la noche sale de entre aquellos matorrales.

A la madrugada siguiente, Pedro va pegando cabezadas en el jeep de vuelta a su puesto de guardia y se despierta sobresaltado cuando un repentino acelerón le dobla el cuello hacia atrás.

-¿Pero qué coño…?- balbucea, aún medio dormido. El conductor parece muy concentrado sobre el volante, mientras informa:

-Es tu compañero. Acaba de llamar por el walkie, solicitando refuerzos.

El jeep devora la distancia y no pasan más de cinco minutos cuando los legañosos ojos de Pedro ya pueden vislumbrar, gracias a las potentes largas del vehículo que rasgan con firmeza la tenue oscuridad del alba africana, a Rubén de pie, CETME en ristre, apuntando a un tipo arrodillado a los mismos pies de la valla. Es un negro vestido con un pantalón de chándal lleno de jirones y una camiseta- obviamente, no la oficial- del París Saint-Germain con el 7 a la espalda.

-El puto Mbappé-  masculla para sí atónito Pedro, mientras desciende del todoterreno, que ha parado a escasos metros de Rubén y su cautivo.

-Lo he pillado hace nada, tío- dice Rubén en tono sosegado, sin dejar de apuntar con su arma-. Le he dado el alto y se ha desplomado. Creo que está agotado.

-Lo has encontrado en los matorrales, ¿verdad?- pregunta apremiante Pedro.

-¿En los matorrales?- inquiere Rubén con extrañeza- ¿Qué dices, tío? Estaba bajando de la valla. ¿De dónde si no…?

Rubén se interrumpe cuando ve que Pedro niega enfáticamente con la cabeza:

-Que no, Rubén, coño. Éste es el tío que saltó ayer, en mi turno- ante el rostro de incredulidad tanto de su amigo como del conductor del jeep, Pedro añade, señalando al chaval, que rondará los 20 años y le observa impertérrito:-. Joder, míralo, tío. La misma camiseta, el mismo negro tizón… El puto Mbappé, hostias.

-Mira, Pedro- replica Rubén en tono apaciguador-: tranquilo, colega. No te quiero llevar la contraria, pero yo mismo le he hecho bajar de la alambrada. Piensa un poco: estos tíos se cruzan miles de kilómetros para saltar esta valla- señala con el pulgar a la estructura de 5 metros que se alza imponente sobre el chico, al que señala directamente para continuar diciendo:- Ahora dime, en serio: ¿crees que si este menda hubiese conseguido saltar ayer, habría vuelto a saltar la valla en sentido contrario? ¿Qué te crees? ¿Qué se olvidó los putos donuts o qué?

Ante este último comentario, el conductor suelta una risa algo estúpida y fuera de lugar que interrumpe en seco cuando la gélida mirada de Rubén se cruza con él. Pedro observa dubitativo al chaval, que le devuelve una mirada entre vencida e indiferente.

-Pero tío…- comienza a protestar, aunque ya con poca convicción.

Rubén le indica con un gesto paciente que se calle y le dice al conductor que acompañe al chico al jeep. El conductor obedece a regañadientes y le ayuda a incorporarse. Entretanto, Rubén hace un aparte con Pedro.

-Oye,colega- le dice en tono confidencial, mientras le pone una mano en el hombro-. Piénsalo: un negro con una camiseta andrajosa de un equipo de fútbol. ¿Cuántos vemos cada día?

Pedro duda unos segundos pero, al final, asiente, dándose por vencido. El sol ya ha salido mientras el jeep se aleja y vuelven a estar solos él y la valla. Y ahí están, como ayer, atrapados en el mismo lugar los restos de la última incursión: el mismo pañuelo sucio de sangre y polvo, las mismas vetustas monedas, las mismas botellas, las mismas latas, los mismos envoltorios, la misma alpargata viuda…

Entonces, una chispa de comprensión ilumina el rostro de Pedro: recuerda que, mientras el chaval subía al coche, éste llevaba lo que en un principio tomó por un pedazo de cartón. Pensó que sería algún tipo de documento de identidad o la dirección de algún conocido o familiar en España. Pero no, ahora Pedro cae en la cuenta con una sonrisa triste y, mientras observa esa acumulación de restos que se acumulan en la tierra de nadie, estaría dispuesto a apostarse su escasa paga a que lo que aferraba aquella mano mientras se subía al apolillado asiento del jeep no era ni un documento ni unas señas garrapateadas en un folio. No, nada de eso: sabe que lo que el chaval irá ahora mismo apretando contra su pecho, temeroso de volver a perderla, es la arrugada fotografía de una muchacha de piel oscura que dedica una sonrisa cansada a la cámara.

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