Como Bodiroga. Así solía lanzar siempre los tiros libres: dos botes, agachándose, sacando mucho el culo y luego un lanzamiento suave con todo el cuerpo acompañando al balón en su movimiento. A veces entraban, a veces no, pero, llámalo manía, llámalo costumbre, siempre los tiraba igual.

Pero ahora el culo de Pedro está pegado a una silla. Lleva tres meses así. Sólo el destino o acaso algún dios caprichoso saben si su trasero y esa silla no han iniciado un forzado y siniestro romance que les mantenga unidos para toda la vida…

No quiere pensar en ello; coge el balón con ambas manos, mira a la figura recortada contra el sol hiriente de mayo que, desnuda de red y marcada por la comezón del óxido, se le antoja más un extraño instrumento de tortura que una canasta de baloncesto. Suspira, se concentra y lanza; la pelota describe un arco estrambótico en el aire para volver a caer como un pájaro gordo y absurdo, sin ni siquiera haber rozado el aro. Rebota con un estruendo imposible, excesivo para un simple balón, magnificado por la soledad de la pista. Poco a poco el eco de los botes se va apagando hasta que la pelota se desplaza con desidia hasta un rincón de la pista, huérfana de reboteador que la acune en sus manos y allí se queda, todo lo muerta que puede estar una esfera naranja rellena de aire.

Pedro enfila la silla hacia ese rincón con un frenesí inusitado, cogiendo más velocidad con cada impulso furioso de sus brazos. Kafkiana para un observador ajeno a la misma la escena de este hombre de 32 años empujando como un demonio su silla de ruedas sobre el asfalto cuarteado de una cancha de baloncesto abandonada, dibujados en su rostro la ira y el miedo a partes iguales, la animadversión de un psicópata que juega con la idea del asesinato brillando salvajemente en su mirada.

Frena, resopla hasta recuperar el resuello, se agacha para coger el balón y lanza con fuerza, casi sin pensar. Le sucede el estrépito del tablero, que se queja lastimeramente por la pedrada recibida y luego nuevamente los sucesivos botes y la consabida inercia que devuelve poco a poco la quietud al balón. Esta vez queda parado muy cerca de la línea de banda.

Pedro, como un excéntrico y obstinado centauro, se dirige de nuevo hacia el balón. Ahora, los empujones de sus brazos sobre los radios son lentos y cadenciosos, quizá porque se siente algo ridículo por el espectáculo de antes. Coge la pelota; su peso y su tacto rugoso no le son del todo extranjeros, aunque lleva cinco años sin jugar. Brotan en su memoria los recuerdos de aquel equipo de extrarradio en que jugaba con su grupo de amigos. Entre ellos, recuerda sobre todo a Manolo, el mejor de los diez que conformaban aquella desigual plantilla de perdedores, que utilizaban el equipo más como una excusa para tomar unas copas después y quitarse una vez por la semana el sarpullido de la inactividad que por la competición en sí. A Manolo le llovían las ofertas de equipos más serios de la liga, pero él siempre respondía lo mismo: “No juego para ganar, sólo juego para divertirme”. Sus compañeros, incluido Pedro, siempre le decían, medio en broma, medio en serio, que era gilipollas por seguir jugando con ellos pero, secretamente, estaban orgullosos de su amigo. Quién no.

Manolo le ha llamado esta misma mañana. Llevaba años sin oír su voz, pero le han bastado dos palabras para reconocerlo. Le ha colgado, no le apetecía para nada decir que se encontraba bien cuando para nada lo está. Hace tres meses que resuenan en su palabra los ecos de la maldita enfermedad y ahora hablar de sí mismo es hablar sólo de ella: una dolencia con el aterrador poder de la ubicuidad, ahora estoy, ahora no estoy. Ahora te dejo manco, ahora eres un inválido, ahora una hemiplejia y ahora te recuperas o ahora te quedas en la silla para toda la vida. En eso consiste, en eso se basa, de eso se trata.

Una lágrima corre por el rostro de Pedro mientras sigue manoseando el balón. Ha caído furtivamente, le ha pillado por sorpresa. Mientras se limpia la mejilla con aire ausente, intenta hacerse a la idea de que es un tullido con una pelota en su regazo, encogido y llorando con la mente perdida, solo en una cancha abandonada.

-¿Se puede ser más patético?- se dice en voz alta.

El tono de su voz es firme, como firme su ritmo mientras se dirige a la canasta. Cuando está cerca de la bombilla, vuelve a coger el balón con ambas manos, lo hace rodar e intenta recordar cómo se divertían aquellos días Manolo, él y el resto. Sigue pensando en ello mientras la pelota sale despedida de sus manos y bota contra el tablero, mientras choca primero con el aro y mientras se pasea indecisa por el borde. Cuando por fin entra en la canasta, Pedro piensa que le debe una llamada a un amigo.

Y, mientras se dirige a coger de nuevo el balón, algo parecido a una sonrisa ilumina su rostro por primera vez en muchos días.

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