El Celtic de Glasgow es más que un club de fútbol. Todo el mundo sabe que es el equipo de los católicos e independentistas. Es por eso que, además de en Escocia, tiene una gran cantidad de seguidores en Irlanda. Es lógico. Tan lógico como que entre las filas de los unionistas escoceses o entre la mayoría de los irlandeses del norte no es posible encontrar un hincha del Celtic.


Por descontado, es ridículo buscar hinchas del Celtic en el resto del Reino Unido y mucho menos en Inglaterra. Si preguntas a los parroquianos de cualquier pub de Londres si son seguidores del equipo de Glasgow, los tipos, en lugar de contestarte, te dedicarán una tenue sonrisa de conmiseración. Una de esas sonrisas que vienen a decirte que no entiendes de fútbol ni de política ni, básicamente, de nada.

En Cataluña existe otro equipo que también es más que un club. De hecho, es su lema. En su campo, todos los partidos, los aficionados cantan al unísono a favor de la independencia. Si suena el himno de España, la afición culé pita y protesta y una bandera española en el Camp Nou se entiende como una provocación. Como es lógico, el Barça tiene una legión de seguidores dentro de Cataluña y también tiene un gran número de simpatizantes entre independentistas con animadversión hacia España, aunque no sean catalanes. Como decíamos de Irlanda, en el caso del Celtic, es lógico y normal.

Lo curioso es cuando vemos que, en el resto de España, el Barça es el segundo equipo con más seguidores. Si trasladamos el experimento que proponíamos con el Celtic en un pub londinense a un bar de Madrid, seguro que encontrarás bastantes culés orgullosos de serlo, muchos de ellos nacidos en la misma capital. No hablamos de excepciones ni de rarezas: Hay una legión de madrileños que son del equipo cuya afición canta aquello de “Madrid se quema, se quema Madrid” cuando celebra un título.


Si preguntas por la razón de sus preferencias futbolísticas, te dirán que les gusta cómo juegan, que son fans de tal jugador o que desde pequeños les llamaban la atención los colores. Y siempre, siempre, evitan el tema de la independencia, con la frase de “a mí, es que la política no me interesa”. Hay culés de Cuenca, de Madrid, de Cáceres, de Zaragoza, de León, de Málaga… Miles, cientos de miles. Pero lo que les une no es la identificación con un himno que no se canta en su lengua ni con un estadio en el que no sabrían qué hacer en el minuto 17:14 (intenten imaginarse a un señor de Albacete gritando “independencia” intentando clavar el acento ampurdanés).

No, lo que realmente les identifica y les une es su odio común. ¿A quién? Al otro equipo, por supuesto. Al Madrid. Al extranjero le sorprenderá. Al español, no. Porque así se hacen las cosas en este país. Así funciona. No nos mueven las cosas que amamos sino las que odiamos. La segunda entidad con más seguidores de España se trata un club que no quiere ser español. De tan absurdo, es casi hermoso.

SI odias al Madrid, te haces del Barça. Y que se jodan. Así somos y así hemos sido durante años. Si odio al PP, me hago del PSOE. Y viceversa. Y que se jodan.

Y da igual lo que hagan a los que voto, a los que animo, a los que apoyo. Da igual que no me quieran, que no me representen, que me roben o que se rían de mí. Los que realmente me importan son los otros. Los que odio, los malos, los que tienen la culpa de todo son siempre los otros. Y si los míos hacen algo mal, siempre contestaré que lo de los otros es peor. Porque siempre serán los míos, aunque nunca hagan nada por mí.


Y así se perpetúa la estulticia de los dirigentes, la miseria intelectual, el desfalco impune. Cimentada en la fidelidad de todos los españolitos, los que lo son y los que no quieren serlo. Fidelidad no a sus ideas ni a sus colores ni a sus convicciones. No. Fidelidad a lo único en lo que creemos a estas alturas: fidelidad al odio.

Es tan perfecta, tan absolutamente hermética esta fidelidad que me gustaría preguntar las razones de su voto uno por uno a esos 13.311.724 ciudadanos que siguen apoyando a partidos que han demostrado, por activa y por pasiva, a lo largo de décadas, no sólo que están corruptos hasta el tuétano sino que no les importa una mierda la vida, el destino o el futuro de aquellos que les votan.

No porque espere una respuesta mejor que “porque no gobierne el coletas”, no. Seguiré preguntando simplemente porque a uno le encanta la belleza de la simetría. Y así, preguntando y preguntando, estoy seguro de que, por fin, alguno me dé la misma respuesta que utilizan mis amigos madrileños del Barça: “A mí, es que la política no me interesa”.

Será hermoso. Muy hermoso.

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