“No es mal tío. Un poco facha, sí, pero no es mal tío.”

Seguro que te suena la frase. De hecho, es probable que más de una vez la hayas pronunciado. Es tan sencilla y tan común como el propio apelativo. En el resto del mundo los llaman fascistas. Aquí, sin embargo, son fachas. Pensándolo bien, el término, más que un insulto, suena casi a un apelativo cariñoso, ¿verdad? No es para menos. Al fin y al cabo, el facha de toda la vida es parte de nuestra idiosincrasia. Lleva aquí desde antes que naciéramos y todo apunta a que, cuando la palmemos, aquí va a seguir.

En este bendito país hay, por lo menos, un facha en cada familia, en cada grupo de conocidos o en cada barra de bar. No simples votantes de derechas, no. Hablamos de los fachas, fachas. De los que, cuando se sueltan un poquito, empiezan a largar perlas selectas sobre feminazis, maricones, catalanes, moros, sudacas y coletas, no necesariamente en este orden. Aisladas y camufladas de humor grueso, para que no se altere el gallinero. Y, cada vez, hacemos como que no los hemos oído o soltamos una sonrisa incómoda y cambiamos de tema.

Y es que, al fin y al cabo, son nuestros fachas. Hay que quererlos tal y como son. No es para tanto, joder. Con ellos, nunca es para tanto. Es normal en un país en el que la guerra la ganaron los malos.

Ah, sí perdona, que esto hay que explicarlo. ¿Que cómo sabes quiénes son los malos en una guerra? En todas las guerras hay injusticias, represalias, persecuciones, represión y terror. Si cuando acaba la guerra, sigue habiendo injusticias, represalias, persecuciones, represión y terror, es que han ganado los malos. Fácil, ¿verdad?

Pues no. Da igual. Porque vivimos en una tierra en la que ganaron los malos gobernados por un señor muy malo que se tiró en el poder casi toda la mitad del siglo XX. Y, cuando palmó, nombró a un heredero, que es el padre del señor que nos gobierna ahora. Cuando convives tanto tiempo con tu carcelero, al final te encariñas con él. Somos un caso de Síndrome de Estocolmo de manual.

Y es que la historia se aprende de lo que vives. No de lo que aprendes en los libros de texto. Nada de fechas ni nombres ni datos socioeconómicos. No. La historia de verdad se aprende de lo que palpas, de los que sientes, de lo que mamas. Y, desde pequeño, lo que mama un españolito es que los malos nunca pagaron ni rindieron cuentas. Al contrario: murieron en la cama, nombraron sucesores, se enterraron con honores, fundaron partidos políticos y ninguno fue juzgado ni condenado. Y lo que acaba interiorizando ese españolito es que, si nadie los juzgó ni los condenó es que, a lo mejor, no eran tan malos después de todo.

Las cosas como son: el fascista no es patrimonio exclusivo de España. De hecho, en Alemania o en Francia obtienen más votos. Pero la diferencia está en el resto: a ningún partido se le ocurre pactar con la ultraderecha. Allí, no hace falta un croquis ni un decálogo de obviedades para explicar porqué no puedes llegar a un acuerdo con los malos. Y nadie necesita que le explique porqué los malos son los malos.

En España no tenemos una cultura democrática. Nos la robaron durante mucho tiempo y aún estamos aprendiendo a usarla. Por eso, una de las muchas cosas que necesitamos como el comer era un partido de derechas democráta, no uno fundado por un ministro del régimen franquista y podrido de corrupción hasta el tuétano. Un partido conservador como el de los países civilizados. De los que debaten, proponen, construyen y piensan. Y, cuando por fin creemos que aparece uno, a las primeras de cambio, ese partido deja entrar en nuestras instituciones a la ultraderecha por primera vez en cuarenta años.

Lo peor es que ni nos sorprende. Algo que causaría un terremoto político y social en un país civilizado, aquí no pasa de la anécdota y el chascarrillo. Tal vez porque, en el fondo, preferimos pensar que es mentira que sean fascistas. Que no, hombre que no. De eso sólo hay en el extranjero. Éstos no; los de aquí, no. No exageremos. Si acaso, un poco fachas. Pero, en el fondo, no son malos tíos. Ya lo verás.

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