No falla: cuando te llevas un desengaño amoroso, siempre hay algún amigo, familiar o conocido que, tarde o temprano, acababa diciendo LA FRASE.

El ritual es siempre el mismo: una mueca torcida, la mirada entre el desdén, la amargura y la aceptación, un estudiado encogimiento de hombros y, por fin, lo sueltan: “ES QUE TODAS- O TODOS- SON IGUALES”. Así, del tirón. Como quien revela una verdad inmutable. Tú esperas pacientemente, le animas a continuar. Quieres saber más, quieres escuchar más. Pero ya está. Ahí se acaba todo, fin del discurso. Y a cambiar de tercio, ya sea figurada o literalmente, ya que estos filósofos suelen tener querencia a la barra.

Si te pilla joven, lo más probable es que te apuntes por un tiempo a la manida solidaridad de sexos y te sumes a la causa. A fin de cuentas, los bares han hecho y seguirán haciendo millones gracias al brindis de todas putas o todos cabrones. Claro que, como casi todas las respuestas simples, no es más que una mentira a medias.

A medias porque, si eres una persona normal, con el paso del tiempo habrás descubierto que ni todas putas ni todos cabrones sino que de todo hay en la viña del señor. Pero los hay que no aprenden de sus errores y, cada vez que les toca elegir, siempre escogen el perfil de persona que les hacen sufrir, que les mienten y que le hacen la vida imposible. No sé si se trata de mala suerte, ceguera sentimental, masoquismo o simple y llana estupidez. Pero existir, existen. Vaya que si existen. Y, como no buscan otro tipo de persona, siempre se encuentran con lo mismo una y otra vez hasta que no pueden ver el mundo más allá del limitado circuito cerrado de desengaño y rencor que es su vida. Y claro: todas putas, todos cabrones.

Y diréis: ¿todo esto a santo de qué? Pues a que, últimamente, escucho muchas veces LA FRASE. Pero, fijaos en lo que son las cosas, en un terreno que no tiene nada que ver con las relaciones sentimentales, sino en la política. No falla. Cada vez que sale una noticia relacionada con la corrupción, siempre hay alguien que reproduce el consabido ritual como por ensalmo, paso por paso. Calcado, oiga. Mueca, desdén, encogimiento de hombros, suspiro y… “ES QUE TODOS SON IGUALES”.

Todas putas, todos cabrones, todos ladrones. No les vas a sacar de ahí, no lo intentes. Porque, en las siguientes elecciones, dentro de esa lógica delirante que abandera el sinsentido, irán como siempre a votar a sus putas, a sus cabrones, a sus ladrones. Y es que todos son iguales, claro que sí. Sobre todo, cuando siempre eliges a los mismos.

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