“Abre paréntesis.”

La frase recuerda a aquellas interminables tardes de ejercicios de dictado en el colegio. Cuando la escuchabas, te limitabas a garabatear ese extraño semicírculo en tu cuaderno de rayas horizontales y a seguir transcribiendo, palabra por palabra, el goteo de palabras de boca de la profe, concentrado en sólo dos cosas: que los renglones no se torcieran y, sobre todo, en las manillas del reloj que, encima del encerado, desgranaban con parsimonia los segundos de aquel suplicio.

En esos tiempos dibujábamos paréntesis pero no teníamos ni puta idea de lo que eran. Éramos simples soldados que obedecían órdenes y miraban la hora de reojo. Sólo más adelante entendimos un poco mejor el significado de esas abruptas interrupciones que encierran a veces verdaderos microcosmos dentro su reducido espacio; relacionadas con el resto del texto, sí, pero carentes de sentido completo más allá de los confines de los dos signos que delimitan su comienzo y su final.

El 14 de marzo de 2020 se abrió un paréntesis enorme en nuestras vidas. Todo lo que las rige, tanto en lo esencial como en lo accesorio, se vio interrumpido de golpe. El trabajo, la familia, los amigos, los viajes, las clases, las compras, los juegos, el cine, las excursiones, el gimnasio, el papeleo, los paseos, las colas, las exposiciones, los bares, los atascos, los programas de televisión, los restaurantes, las tardes de compras y hasta el sacrosanto fútbol. Como en esas películas de ciencia ficción en las que el tiempo se para y los protagonistas pasean por escenarios en los que todo el movimiento a su alrededor ha quedado congelado en un preciso instante: un bañista detenido en su salto a la piscina, mil fragmentos de una taza rota que no llegan a posarse en el suelo, una bala que flota en el aire a medio camino de su objetivo…

Todo es más pequeño y simple dentro de este paréntesis: tus fronteras son cuatro paredes, tu rutina está marcada por asomarte al balcón a las ocho de la tarde, tu vestuario va del pijama al chándal y viceversa, tanto tu ocio como tu actividad giran en torno a pantallas y tus grandes proyectos de futuro se limitan a desear con todas tus fuerzas que a todos los que te importan no les pase nada. Lo único grande es el miedo: miedo a lo que está pasando y pavor atroz a lo que pase después. Incertidumbre, incredulidad e impotencia, todo junto y hecho un gurruño amargo ahí debajo, justo en el hueco de la boca del estómago donde, con sólo apretar un poco, descubres que eres más frágil de lo que piensas.

Pero hay algo en esta pila de tiempo amontonado y estancado que lo convierte en único: por una vez, es completamente nuestro. A diferencia de las eternas clases de dictado, de los lunes por la mañana en el trabajo o incluso de la hora a la que has quedado para tomar una copa, el contenido de estas horas es todo tuyo. Sólo tuyo.

Cómo rellenes este paréntesis depende exclusivamente de ti. Y si no lo aprovechas para hacer algo que realmente te aporte, si no eres capaz de realizar alguna actividad que realmente te satisfaga de verdad, si no ves posible usar parte de estos instantes – igualmente valiosos a pesar de su amargor- para algo que enriquezca tu vida, tengo noticias para ti: deja de jugar a la lotería y retrasa todo lo que puedas tu jubilación. Si no sabes qué hacer con este tiempo, no sabrás hacerlo con el que tendrás más adelante. Porque por muchas actividades, viajes y eventos que planifiques, siempre habrá momentos del día- cada vez más- en los que estés a solas. Y, entonces, si no puedes sostenerte la mirada a ti mismo, mal vamos.

No, no se trata de seguir la máxima neoliberal que prácticamente te obliga a la “formación continuada” en una carrera contra el tiempo y que busca que te sientas culpable si te pillan disfrutando de tu ocio en lugar de estar asistiendo a un webinar sobre cómo ser más disruptivo que puedas luego mencionar con esa insoportable modestidad insolente y despótica tan característica de Linkedin.

Al contrario, precisamente de lo que se trata es de aprovechar que ha parado la maquinaria de la cinta transportadora que te exige convertirte en una herramienta perfecta para el sistema. Usar este frenazo para reflexionar sobre qué es los que sabemos, lo que hacemos y lo que tenemos y sobre lo que nos gustaría saber, hacer y tener en realidad. Y actuar en consecuencia, claro.

De lo contrario, seguiremos siendo niños escribiendo un dictado con palabras cuyo significado se nos escapa, mirando con ansiedad el reloj y obsesionados únicamente con escuchar la frase anhelada:

“Cierra paréntesis”.

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