“Ya vienen.”

La frase se queda grabada con tanta claridad en su mente que, por unos instantes, no está seguro de si la ha llegado a decir en voz alta. Nadie habría notado la diferencia, en cualquier caso. Todos están muertos.

Es el único superviviente entre las ruinas del puesto de mando. Sentado ante el panel de control cuyos guarismos apenas llega a vislumbrar a través de la espesa nube de humo, intuye más que ve el amasijo de cables, circuitos, maquinaria destrozada, sangre y miembros cercenados que es ahora el recinto. No hace falta molestarse en evaluar daños. Tampoco es que tenga tiempo para hacerlo. El desastre es total.

Todo empezó hace sólo unos meses. Y lo hizo como la culminación de un sueño. Por fin había llegado. Después de siglos en los que científicos, artistas y escritores se limitaban a fantasear con la idea, al fin, la prueba definitiva: sí, existía vida en otros planetas. Ahí estaban, en toda su majestuosidad. Una civilización increíblemente evolucionada, con naves que cubrían distancias inimaginables, tecnología altamente avanzada y… las armas más mortíferas.

El sueño duró poco. Pronto, las intenciones quedaron claras: ni visitantes ni exploradores. Los alienígenas eran invasores cuya inteligencia superior sólo era equiparable a su crueldad y que sólo estaban interesados en la destrucción, la conquista y la rapiña. Por una vez, todas las naciones se conjuraron para hacer frente a la amenaza exterior. Al fin y al cabo, la supervivencia del planeta estaba en juego.

Poco importó. La desigualdad de la confrontación era manifiesta y se hizo patente a los pocos días de combate. Mientras que la flota alienígena permanecía prácticamente intacta, ciudades enteras eran arrasadas por completo en pocos minutos ante la descomunal potencia de fuego de los colosales cruceros de guerra llegados del otro confín del universo. No se trataba de una guerra: era una operación de exterminio total e indiscriminado.

No sabe cuántos puestos de mando seguirán en pie a estas alturas. Es posible que éste fuera el último. De hecho, es probable que sea el único habitante con vida del planeta. Reflexiona sobre ello, aún sentado en su puesto, mientras el humo comienza a disiparse y el gemido animal del motor de los transbordadores aterrizando viola con impunidad el silencio sepulcral del recinto.

-Ya vienen- murmura mientras escucha las pesadas botas militares acercarse con paso confiado atravesando el pasillo de acceso.

-Ya vienen- susurra como una oración a la vez que se oyen los primeros golpes contra la plancha metálica de un metro de grosor que sella el recinto y su mano derecha tantea con desesperación debajo de la mesa.

-¡Ya vienen!- grita enajenado cuando la explosión vuela la puerta de seguridad al tiempo que aferra con gesto crispado su arma reglamentaria y la apoya contra su mentón. Contiene la respiración. Cierra los ojos. Dispara.

Como respuesta, una contundente ráfaga láser barre la estancia, reduciendo a añicos lo poco que aún quedaba en pie. Una figura tocada con un casco presurizado traspasa el umbral del puesto de mando. Subfusil en ristre, se acerca con cautela al lugar desde el que ha partido el disparo. Al observar la escena, baja el arma.

-¿Qué ha sido eso?- inquiere una voz metálica desde el marco de la puerta en ruinas.

-Nada de lo que preocuparse. Sólo quedaba uno y ha decidido ahorrarnos el trabajo- responde la figura con un tono socarrón y una voz igualmente metálica, mientras manipula un mando en el panel de control del arrasado puesto de mando.

-¿Qué estás haciendo?-vuelve a preguntar su compañero.

-Estoy subiendo el control de la temperatura. Aquí hace un frío que no hay quién aguante.

-En todo este puto planeta hace frío. Qué ganas de volver a casa, joder.

La figura que ha estado manipulando la temperatura retira el seguro del casco y lo extrae de su cabeza, emitiendo un resoplido antes de contestar:

-Si, yo también tengo ganas de volver a la Tierra.

Sin el casco, su voz ya no tiene resonancias metálicas. Ahora es completamente humana.

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