Noviembre de 2019: un diario destapa que, durante una de las ediciones de Gran Hermano– un reality de Telecinco en el que un grupo de personas se encierra en una casa por varias semanas durante las cuáles las cámaras graban todo lo que hacen -, una concursante fue víctima de una agresión sexual que fue grabada de forma íntegra sin que nadie de la cadena interviniera para evitarlo. Es más: al día siguiente, obligaron a la víctima a visionar las imágenes de su violación sin advertirle de lo que iba a ver y grabaron a su vez sus reacciones en un acto puro de exquisita crueldad. Todos los medios lo denuncian, los anunciantes retiran su publicidad del programa, el público se rasga las vestiduras y Telecinco cancela tanto el programa como todas sus franquicias.

Enero de 2020: La isla de las tentaciones– un reality de Telecinco en el que dos grupos de personas se encierran en sendas casas por varias semanas durante las cuáles las cámaras graban todo lo que hacen – es un éxito de público y se convierte en un fenómeno viral en las redes. Todos los medios hablan de él, los anunciantes se pegan por poner su publicidad, el público aplaude divertido y Telecinco se frota las manos ante la perspectiva de las futuras franquicias similares con las que va a rellenar su ya de por sí infecta parrilla televisiva.

Y nadie dice nada. A nadie le parece extraño. A nadie se le revuelven las tripas.

Lo confieso: la primera y fundamental razón por la que nunca he seguido un programa de estas características no es de naturaleza ética sino puramente práctica. Y es que los realities me producen un aburrimiento tremendo. Personajes absolutamente planos estableciendo diálogos sonrojantes yendo de la cocina al sofá, del sofá al jacuzzi, del jacuzzi a la cama y de la cama a la cocina mientras discuten sobre chorradas, intentan dar con la frase que les gane el favor del público y flirtean entre sí con más o menos descaro. Si esto es la realidad, métanme un chute de ficción en vena, por favor.

Ahora bien, que no me guste no quiere decir que no sepa porqué tienen tanto tirón. Al fin y al cabo, lo que ofrece un reality es un espectáculo único: mostrar al público cómo se corrompe aquello que es más precioso para un ser humano. En riguroso directo. Por unos cuantos euros y unas semanas de popularidad en el mejor de los casos, una cuadrilla de desgraciados se presta a despojarse de su dignidad y a dejar sus almas expuestas frente a una cámara. En un abrir y cerrar de ojos, su vida deja de pertenecerles y se transforma. Sus complejos son chistes fáciles en el café del lunes, sus tics, carne de meme en redes sociales y sus dramas personales, sainete público. Y poco da que finjan o sean así de verdad. Al fin y al cabo, no son actores. Ellos sólo tienen un papel: el de su puta vida. Ya no son personas: son personajes. El gordo, la guarra, el facha, el vago, la tonta, el borracho, la lista, el tartaja, el maricón, el rastas, la de los piercings, el perroflauta. Y no serán ya nunca más que eso.

Y es que el concursante de un reality ejerce un tipo de prostitución mucho más terrible que el del sexo. Al fin y al cabo, la prostituta (o prostituto) alquila su cuerpo durante unas horas y luego vuelve a ser dueña o dueño de su vida. El concursante, en cambio, vende lo más sagrado que tiene una persona. Lo que, en tiempos pretéritos, realmente distinguía a un hombre libre de un esclavo: su propia intimidad. Algo que, una vez vendido, no puede recuperarse.

Eso son los concursantes para el público de los realities: sus putas. O sus putos. O sus putes, si nos queremos poner absurdos y ser políticamente correctos dentro de la más pútrida incorrección. Ganado que ni siente ni padece criado en casas repletas de cámaras cuyas estupideces y miserias sirven para pasar un buen rato. Por eso, sólo dos meses después, nadie se acuerda de lo que hicieron a esa chica ni se preocupa por lo que realmente puedan haber pasado o estar pasando esa panda de pobres desgraciados. Por eso, sólo dos meses después, todos gritamos “¡Estefaniaaaa!” y nos morimos de la risa. Al fin y al cabo, son concursantes. Al fin y al cabo, ellos (y ellas y elles) se lo han buscado.

Algo en que lo que coinciden muchas prostitutas- cuando aparecen en un reportaje, escriben sus memorias o conceden una entrevista- es que la mayoría de sus clientes, más que sexo, lo que buscan es compañía. Los describen como seres solitarios y algo tristes. Quizás, también, detrás de esa gula insaciable que sufre tanta gente en este país por la privacidad ajena se esconda la soledad y la tristeza. A lo mejor es que España está llena de gente que se siente muy sola y muy triste. Piénsenlo un momento mientras pasamos a publicidad.

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